La «Divina Comedia»: sublimidad inmortal

Redactado por: Javier Gallego Alonso

¿Qué hace grande a la Divina Comedia? ¿Qué tiene para que, aún en 2020, no sea una obra envejecida y superada? Son buenas preguntas. Y la respuesta sencilla, aunque certera, es que posee valores estéticos, dramáticos, emocionales, filosóficos, que jamás morirán porque son universales. Eso es indiscutible. Sin embargo me parece una respuesta demasiado perezosa; hay que pensar un poco más; presentar, aunque sea esquemáticamente, qué es esta monstruosidad, esta cosa inhumana.

Sinceramente, si tuviese que elegir una única obra para releer durante el resto de mi vida; si me compeliesen, escopeta en mano, a nombrar la obra maestra de la literatura universal, o al menos al más grande poeta que jamás haya existido, me sentiría muy tentado a responder la Divina Comedia y Dante Alighieri. Es una opinión estrictamente personal, mas no es ninguna estupidez lo que estoy diciendo. Intentemos siquiera entrever por qué.

En realidad Dante tituló su gran obra Commedia, aunque hoy pueda parecer chocante, ya que él no la consideraba una tragedia debido a su final optimista, lo que provocaba que un escrito se enmarcara inexorablemente en el género de la comedia, heredado éste de los antiguos griegos (en época de Dante los géneros canónicos eran tres: tragedia, comedia y sátira). Y jamás le puso el adjetivo «Divina»; esto lo hizo el poeta Giovanni Boccaccio, gran deudor –más de lo que nunca admitió– de Dante, biógrafo suyo y encargado por el gobierno florentino de comentar la Commedia y leerla en público, no pudiendo, lamentablemente, realizar esto último debido a que la muerte lo reclamó primero. Boccaccio añadió el epíteto «Divina» a la obra de Dante, además de por su grandeza indiscutible, por su prístino trasfondo cristiano y teológico. Debo decir que aprecio la extralimitación de Boccaccio.  

Dante alternó la redacción de la Commedia con otras tres obras notables: Convivio –que quedó incompleta–, De vulgari eloquentia y De monarchia, tres ensayos lingüísticos y políticos con características muy interesantes y que, en ciertos aspectos, se empiezan a alejar del ensayo marcadamente medieval. Se calcula que Dante pudo tardar unos diecisiete años en componer definitivamente la Commedia; y, mientras la leo, no me extraña en absoluto. Este nivel de perfección no se alcanza sin pagar un precio muy alto en tiempo, salud o ambos.

Es cierto que Dante, como todo artista, no crea de la nada: sus principales influencias intelectuales son el sistema tomista y las Sagradas Escrituras, junto con las ciencias medievales, sobre todo las matemáticas y la astronomía. De las tres grandes partes de su Commedia (qué importante el número 3 por la Santísima Trinidad), de 33 cantos cada una (Inferno, Purgatorio, Paradiso), podemos apreciar estas influencias más claramente en la última, el Paraíso; en ella se acerca con más respeto a lo difundido por la escolástica. No obstante, cada círculo infernal es un paisaje físico y moral que pertenece por entero a Dante. Su estructura y sus castigos son obra de la imaginación del poeta; es en el Infierno donde su poder creador se exacerba casi hasta emular un diseño divino o demoníaco, embriaguez del genio poético, trasunto de Dios o Lucifer.

El poema es tan vasto, de tal densidad, que con cada lectura podemos enfocarlo desde un punto de vista distinto: autobiografía, testimonio político, crítica social –Dante es un juez temible e implacable–, tratado moral, tratado metafísico, teoría astronómica, simbología cristiana… Por resumir, se trata de un ciclópeo compendio, una gran enciclopedia del saber medieval, puente construido en el umbral del Renacimiento, obra maestra de la literatura y el saber escolásticos, y suma creación, sublimación insuperable del dolce stil novo.

Pero ante todo esto hay que destacar, anteponer que el poema es una obra sobre la redención y la salvación última del Hombre. Dante, el peregrino, es una representación de la humanidad que merece, o que puede, si se sacrifica, ser salvada. Los círculos infernales y los niveles del Purgatorio, con sus condenados dispuestos según sus pecados, son representaciones del mal, de la desviación de la humanidad del plan divino, del rechazo del Hombre del amor de Dios. Si se debe asignar un único propósito didáctico al gran poema de Dante, es éste.

Dante consigue, en términos literario-lingüísticos, elevar el nivel del italiano vulgar al del latín, lengua de los antiguos poemas épicos que Dante tiene muy estudiados, muy presentes, y cuya intención es superarlos a todos. Y lo consigue. La enorme variedad de formas expresivas artísticas en el lenguaje –los recursos retóricos, las variedades tonales, la mímesis expresiva de lo caracteres, el sentido del tempo dramático y narrativo, fijación del punto de vista…– en una obra en lengua vulgar medieval, especialmente cuando la medimos con otras europeas, con poemas épicos medievales, es increíblemente superior (ni siquiera admite discusión). Compárese si no se me cree el Cantar de Roldán o el Cantar del mío Cid con la Commedia: la diferencia entre ellos es abismal. Dante no sólo se nutre para cimentar su estilo elevado del latín de los maestros clásicos (Virgilio, Horacio, Lucano, Cicerón), sino también del poder dramático de la Vulgata, adaptando elementos de la sintaxis bíblica; además, obviamente, lo funde con el lenguaje popular, incluyendo expresiones vulgares tomadas de éste.

Lo que Dante es capaz de levantar es prácticamente milagroso. Para empezar, los medios estilísticos en el discurso que emplea son muy superiores a los de cualquier poeta en lengua vulgar contemporánea –tanto en genio musical, como en estructura lógica o en el uso de tropos–, con un magisterio absoluto, encadenándolos de forma constante y consistente a lo largo del extensísimo poema. No hay que cometer el error de leer el lenguaje de Dante, para constatar el avance que supuso en el italiano vulgar, con los ojos de hoy en día. Sus estructuras sintácticas pueden resultarnos habituales actualmente; pero al compararlo con sus inmediatos antecesores y sucesores, con la literatura popular, sus versos poseen tal poder, versatilidad, flexibilidad, riqueza e incluso actualidad, que me resultan absolutamente inconcebibles para un escritor del año 1300. Incluso rastreando todas sus posibles influencias acá y allá, se revelan como un trabajo de asimilación profunda tan ingente para crear este lenguaje tan exacto, tan depurado y perfecto, de tal precisión intelectual, que podríamos deducir que Dante no tuvo tiempo material para ello y sencillamente inventó otra lengua por inspiración divina. Recordemos que hablamos de finales del siglo XIII, principios del XIV.

Por otra parte, la mezcla temática de la Commedia, el tratamiento de las situaciones que se van sucediendo en su trama, supondría una mezcolanza abominable y loca de sublimidad y bajeza para los antiguos modelos de Dante, algo contrario a  los cánones establecidos desde la antigüedad clásica para juzgar las obras literarias que podríamos calificar de serias. Los críticos de Dante percibían en ella la ruptura estilística clásica presente en la Biblia, por ejemplo: es decir, la mezcla de lo bajo y lo sublime; no aceptaban en Dante ese estilo elevado, esa gravitas que domina la obra, y que toca en ocasiones temas vulgares o directamente repugnantes, llegando a un resultado que sus críticos denominarían ruptura estilística o carencia de un estilo definido. No olvidemos que me refiero a las obras literarias serias, las que se juzgaban con severidad. En el teatro se daba este mestizaje, pero se le perdonaba por su falta de pretensiones artísticas y filosóficas. Incluso el genio casi infinito de Dante no pudo escapar del todo a este hecho, siendo ésta otra de las razones para llamar Commedia a su obra.

Veamos unos versos que ejemplifiquen esta mezcla estilística, esa unión de un lenguaje indiscutiblemente elevado con imágenes consideradas vulgares, repugnantes y aterradoras.

Y yo le dije a él: »Dime y declara,

si quieres que allí arriba de ti cuente,

quién tan amarga vista se depara».

Y él la barba cogió de un penitente

y abriéndole la boca me gritaba:

«Éste es ése, y su voz ya no se siente.

Éste, en destierro, el dubitar sembraba

en César, al decir que el avisado

siempre sufría daños si esperaba».

¡Qué aspecto allí tenía de aterrado,

la lengua del gaznate arrebañada,

Curión, que en el decir fue tan osado!

Con una y otra mano retajada,

los muñones alzando al aura fosca

y mostrando la faz ensangrentada,

uno gritó: «Te acordarás de Mosca,

que “Acabar lo iniciado es conveniente”,

gritó, y el mal sembró en la raza tosca».

Y yo añadí: «Y la muerte de tu gente»;

por lo que añade, duelo al duelo acumulando,

se separó de allí como un demente.

Mas la fila quedéme yo mirando

y vi una cosa que me da pavura,

sin poderla probar, seguir contando;

mas mi propia conciencia me asegura,

buena amiga, del hombre alentadora

a condición de que se sienta pura.

Yo he visto, es cierto, y creo ver ahora

un busto sin cabeza que marchaba

entre los otros de la grey que llora;

la testa por los pelos sujetaba

transportándola a modo de linterna

y «¡Ay de mí», repetía, y me miraba.

A sí mismo se hacía de lucerna

y, uno en dos, dos en uno a un tiempo era:

cómo es posible, sabe el que gobierna.

Cuando ya estaba al pie de la escollera,

el brazo levantó y con él la testa,

acercando su voz de esta manera,

y dijo: «Ve qué pena me molesta,

tú, que estás entre muertos respirando,

y mira si hay aluna mayor que ésta.

Porque cuentes de mí te estoy hablando:

yo  soy Bertrán de Born, el que solía

hacer mal al rey joven confortando.

Yo sembré entre hijo y padre rebeldía:

que a David y Absalón más mal no ha hecho

Aquitofel con su inducción impía.

Pues una unión tan íntima he deshecho,

ay, separado mi cerebro porto

de su origen, que sigue en este pecho,

¡así la contrapena yo soporto!»

Estos versos corresponden al canto XXVIII del Infierno y nos sitúan en una de las zonas del vasto círculo octavo infernal, lugar de suplicio eterno de los fraudes, en concreto en el noveno de sus diez recintos, el de los sembradores de discordia.

Aquí tenemos a un hombre con la lengua cortada –al que otro le abre la boca para que Dante pueda apreciarlo–, a otro con muñones en lugar de manos y el rostro ensangrentado, y a un último que porta su cabeza en la mano como si fuera una linterna, y que a su vez hablan todos ellos, confiesan sus pecados en vida.

Son versos vehementes, poderosos, tremendamente plásticos y apegados a la realidad más material y tangible. El estilo, siempre elevado (y esto es una novedad en una obra considerada seria en esa época), pese a las imágenes escabrosas, es más cercano al lenguaje común, es más directo, con menor donaire que el que desarrollará en el Paraíso. Además abundan los diálogos, siempre hay interlocutores en cada círculo, y se aprecia un uso poco recurrente de la primera persona, que irá progresivamente reclamando preeminencia según ascienda Dante hacia su amada Beatriz, al Paraíso, a las esferas celestes y a Dios.

Sin embargo, cuando Dante y su guía Virgilio están contemplando cualquier escena terrible, el lenguaje, los recursos semánticos que el poeta utiliza, demuestran una aflicción y desesperación terribles en el peregrino. Porque Dante sabía perfectamente –y así lo hizo grabar en piedra a las puertas del Infierno– que el castigo realmente insoportable, el verdadero Infierno, es «abandonar toda esperanza».

Ahora comprobemos cómo cambia el estilo de Dante en unos versos del Paraíso, en concreto del canto XI, perteneciente a la Cuarta esfera celeste –el Sol–, donde se encuentran los sabios de la religión cristiana:

Ya al rostro de mi dama había vuelto

los ojos, y con ellos mi alma entera,

y de todo otro intento estaba absuelto.

Y ella no sonrió, mas «Si riera»,

me comenzó, «serías semejante

a Semelé, cuando cenizas era;

que mi belleza, escalas adelante

del eterno palacio, más se enciende,

como ves, al subir, de instante a instante.

Y si no la templase, tanto esplende

que tu mortal poder, a su fulgor,

fronda sería a la que el trueno hiende.

Hemos subido al séptimo esplendor,

que bajo el pecho del León ardiente

mezcla e irradia abajo su valor.

Por detrás de tus ojos pon la mente

y de ellos haz espejo te será aparente».

Quien supiese cuál era la pastura

de mi vista en aquel rostro beato

cuando me transmuté a distinta cura,

conocería cómo me era grato

contrapesar con uno al otro lado

al seguir de mi escolta aquel mandato.

En el cristal que lleva el nombre amado,

cercando al mundo, de su caro guía,

bajo el que todo el mal yació enterrado,

de color de oro un rayo traslucía

en el que vi una escala suspendida

tan alto, que el final no se veía.

El lenguaje en estos versos es mucho más complejo, metafórico, simbólico y culto, más hermoso y elegante, respetuoso hacia el tema que trata; más solemne y reverente. El tono de Dante es sensiblemente –y no podía ser de otra manera– más esperanzado que el del Infierno, mucho más extasiado y arrebatado porque la salvación, la unión con Dios, está cercana… Y todo esto es un acercamiento somero, sin prestar atención a elementos más sutiles, más técnicos, en la sintaxis de los versos de Dante, en su forma de construirlos palabra a palabra; pero eso sería un desarrollo que daría para un ensayo entero.

Así que yo digo: Ecce homo! He aquí el hombre que merece que se lo apode «poeta supremo». Él es quien hizo evolucionar drásticamente, dar a su lengua un salto de décadas, y no el ínclito Shakespeare a la suya (y lo nombro, no por inquina, sino porque es lo que a la gente le gusta repetir y creer sin saber si es cierto). Si la elevación del italiano como dialecto a lengua moderna descansa sobre los hombros de una persona, ésa es Dante… Petrarca y Boccaccio, dignos sucesores y grandes poetas, no están al nivel de Dante ni siquiera combinando sus obras y talentos.

Me imagino a ese genio sublime, uno de los más grandes que han hollado la Tierra, exiliado de su amada Florencia, traicionado por ella en una época convulsa y difícil, con tensiones políticas muy complejas entre el papado y la realeza, paseando por senderos bordeados de olivos, contemplando el horizonte donde se fusiona el cielo con la campiña toscana, rememorando la sangre vertida por güelfos y gibelinos que le sugiere el carmesí crepuscular… y sabiendo, porque lo sabía, que estaba escribiendo algo que iba a cambiar la literatura para siempre, y que iba sacudir el pensamiento de su tiempo; que iba a traer algo nuevo a ese mundo cruel con los justos e injusto con los virtuosos; me lo imagino, digo, me pongo en su lugar y creo que estoy a punto de enloquecer. Por eso esas tareas que se antojan imposibles las deben emprender los genios supremos, genios como Dante Alighieri.

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