‘Caminante’ (balada)

Redactado por: Javier Gallego Alonso

Comparto el último poema que he escrito. Es una balada de 6 estrofas de 10 versos de arte mayor, con estribillo en el décimo —y último— de cada una de ellas.

Nubes llenas de cobre consumían

el paisaje: ardiendo sobre las cimas

incólumes de rocosas montañas,

en el cielo áureo se disolvían.

Los quejumbrosos pasos de ella herían

el sendero, los crujidos molestos

de los grijos y su lamento sentido

deformaban el sonido que usurpa

la austera monotonía del viento.

Suena la ahogada cadencia del río.

Y éste fue tal vez su pensar señero:

«Cuán dulce es el don ebrio de la dicha

que nos compele a danzar ante la

voluble llama de la vida. Pero

no lo es arrastrarse errante, con miedo

sobre la hierba helada, dura y cortante

de campiñas que esconden su simiente

hambrienta de espectros, y que el rocío

grisáceo que la abraza huele a muerte…

Suena la ahogada cadencia del río».

El horizonte, cómplice perpetuo

de la noche, devoraba las crudas

agonías del ocaso, y las sombras

desgarraban sus sudarios cosidos

de luz, y, emergiendo del deceso

de la materia, comenzaba en ellas

la sangre a fluir por sus azuladas

venas; un hálito acerado y frío

derramaba en espirales las hojas;

suena la ahogada cadencia del río.

Al pie de una higuera, árbol de traidores,

reptó ominosa, cruel, una silueta

capciosa que, al saber de sus temores

–los de ella– hurtó lasciva sus perfiles,

los de él. Rememoró su piel la fuerza

de aquellas manos pérfidas, húmedas

por las calladas lágrimas manchadas

de oprobio que sacian a los monstruos

ansiosos por forzar a las vestales.

Suena la ahogada cadencia del río.

Se evaporaron las postreras franjas

ensangrentadas de hierba, y la noche

domaba la tierra con su creciente

poder. Andrómeda titilaba, fijas

en el cielo sus perladas pestañas,

compasiva con la escena que ve.

La mujer sintió en su seno, candente

e insidiosa, la horrible esencia infausta,

vívido eco de un dolor culminante.

Suena la ahogada cadencia del río.

La odiosa angustia ajaba a la mujer,

su rabia le hizo correr, y espoleaba

sus pies vaporosos mientras sesgaban

negras briznas de hierba, audaz acometer

de una fuga que renuncia a ceder.

Oscilaba en su azarosa carrera

hasta ese estertor del follaje, falsa

acrobacia, reclamo del abismo

que embalsama al muerto que nada…

Suena la ahogada cadencia del río.

Licencia de Creative Commons
Caminante by Javier Gallego Alonso is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en https://rostrosinmascara.wordpress.com/?p=3740.

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