Unamuno y la duda sobre la eternidad

Redactado por: Javier Gallego Alonso

¡Qué descubrimiento el de una mente tan grande y cultivada como la de Unamuno! Hasta hace unos cuantos meses no había leído nada suyo y me arrepiento profundamente por ello; ¡cómo no me fijé antes en él! Supongo que hay un momento para todo en la vida y que no se puede forzar nada. En estos últimos dos meses he leído Contra esto y aquello, que es una miscelánea constituida por artículos breves; y los que son, con toda probabilidad, sus más importantes ensayos filosófico-religiosos: Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos y La agonía del cristianismo. Me centraré en éstos últimos porque, más que parecerme ensayos profundos y magistrales (que lo son), sintonizo con ellos de manera especial por ser el alma del autor sorprendentemente semejante a la mía. Sus tribulaciones y ansias son las mías.

La piedra angular del pensamiento religioso de Unamuno es Del sentimiento trágico de la vida (1912). La agonía del cristianismo (1925), escrito durante su exilio en París, se trata de un corolario de aquél más algún añadido político en relación con el cristianismo en la esfera práctica o pública, con apuntes certeros y valiosos sobre el tema. Sin embargo, lo realmente vertebrador en estos dos ensayos es el cuestionamiento de la inmortalidad del alma, de la trascendencia, la eternidad, y todo se resume en esta aterradora pregunta: ¿se mantiene nuestra conciencia tras la muerte o perece por siempre junto con el cuerpo visible?

Ésa es la cuestión que torturó a Unamuno y le motivó a escribir sus ensayos, y que también lo torturó, en continua agonía espiritual, durante toda su vida. Para él –y también para mí, debo decir– el problema fundamental del hombre, la respuesta suprema que ansía conocer y que es más importante que las que puedan plantear juntas todas las filosofías, es si el hombre es o no inmortal. Si lo es, qué alivio y qué ánimo puede proporcionar para hacer frente con mayor arrojo a la vida; si no lo es, qué desgraciada e injusta es la existencia: es el más cruel de los dones.

Quien se tope con estos ensayos podría pensar que quien los escribe es un hombre acongojado porque no quiere morir nunca, como no queremos todos (por lo general), y le diré que de acuerdo; pero es mucho más que eso ese hombre que escribe dichos ensayos maravillosos. Con una prosa excelsa y un magnífico dominio del idioma, además de una cultura que parece imposible de acumular, indaga en las razones a favor y en contra de la inmortalidad del alma –el alma para él es conciencia (si no lo fuera, ¿qué importa si existiese o no?). A favor discute la poderosa –y ya superada– escolástica de Santo Tomás de Aquino, la transmigración de las almas del divino Platón, el primer móvil del racionalista por excelencia, Aristóteles; el cogito ergo sum de Descartes, la mística de los conventuales españoles, la ética Kantiana, la agonía de Pascal y su apuesta desesperada; la Teodicea de Leibniz, las deducciones de Tertuliano… y muchas cosas más. ¿Y qué conclusiones obtiene? Que la lógica no puede explicar la existencia de Dios o del alma ni el más allá, por mucho que lo deseemos desesperadamente. La fe no es una cuestión que incumba a la razón.

¿Posiciones en contra de la inmortalidad? Examina el «eterno retorno» de Nietzsche, la voluntad de poder de Schopenhauer, el epicureísmo, el panteísmo, el nihilismo –pensamiento que le repugna particularmente, lo mismo que a mí–, la ciencia y el progreso tecnológico… ¿Qué opina de estas formas de encarar la vida? Son formas de pensamiento que niegan la vida: la niegan porque se rinden por completo a la razón y por tanto no disfrutan sin examinar la parte irracional de la vida, que es la más plena y placentera. En su minuciosa exposición Unamuno no toma claro partido por ninguna de las dos corrientes de pensamiento (negacionistas o afirmadoras de lo ultraterreno); sin embargo, se puede rastrear una afinidad natural hacia intelectos de hombres creyentes, poetas e intelectuales sinceros y valientes como Kierkegaard –filósofo al que emparenta con Nietzsche pero considera muy superior a éste, y yo estoy de acuerdo–, Tertuliano, Cervantes, Kant, Tennyson, Dante, San Pablo, Calderón, Swedenborg, etcétera. Acaso el mayor consuelo que ofrecen éstos sean las poderosas palabras del vehemente y severo Tertuliano: Credo quia absurdum («creo porque es absurdo») y Parce unicae spei totius orbis («no le quitéis al mundo su única esperanza»).

¿Hacia qué lado de la balanza se termina inclinando Unamuno con gran esfuerzo volitivo? La razón está en contra de las creencias ultraterrenas o de ultratumba, se subleva ante ellas, «y sin embargo…», nos dice, él prefiere, elige lo irracional, elige a Dios y a Cristo, el alma y el Paraíso, con todas sus contradicciones y sus ataques a la razón, porque cada cual elige lo que desea creer de corazón, escoge lo que está predispuesto a escoger por naturaleza. ¿Y en qué se reafirma Unamuno para seguir la senda de la irracionalidad? En lo siguiente, una de las principales tesis de su ensayo: la irracionalidad es la vida, el ser, el movimiento, mientras que la razón o el pensamiento, el conocimiento, es la petrificación, la inmovilidad, la muerte. La razón hunde sus raíces tan profundamente en la lógica que es imposible no caer en un escepticismo perpetuo, y de allí a una desesperación inconsolable que es lo que él denomina –y muy acertadamente, he de decir– el sentimiento trágico de la vida. La certeza absoluta mata la vida.

También ve Unamuno un apoyo moral en la creencia de que la conciencia se prolonga más allá del sepulcro. Nos dice que vivamos cada día, que dejemos un legado tras nosotros que perdure, que sea positivo, para que, cuando hayamos muerto, se nos eche de menos por lo bueno que aportamos al mundo o a nuestros seres queridos. Así el mundo será un lugar un poquito peor cuando dejemos de estar en él y se notará nuestra ausencia.

Es cierto que la época de Unamuno comenzaba a ser muy descreída y escéptica. Ya desde mediados del siglo XVIII se había ido produciendo una secularización paulatina e irrefrenable de la sociedad, cuyos resultados estamos viviendo nosotros ahora mismo y que aún no han llegado hasta su extremo más descreído y radical, aunque todo se andará. No obstante todo esto, ¿es arcaica la duda existencial de Unamuno?, ¿no tiene cabida en su época, no digamos la nuestra? A nivel cultural y social es posible; a nivel individual no lo creo. ¿Nada tiene sentido y somos el resultado de un conjunto de fuerzas azarosas casi imposibles de acontecer matemáticamente hablando, y nada más? ¿Es el nihilismo que impregna, que anega nuestra época y niega nuestra identidad un consuelo?, ¿es la única respuesta? De ser así, la considero una respuesta horrible, decepcionante, despreciable. Acaso sospecho que si cualquier imbécil con pretensiones intelectuales niega la existencia de algo trascendente, debe estar equivocado y tiene que haber algo más. No demuestra absolutamente nada y es un pobre consuelo mío, personal; pero algo consuela.

No entiendo, al igual que Unamuno, cómo alguien no puede sufrir pensando estos temas y ser presa de una duda que quema sus entrañas. Estoy con él en que es ésta la cuestión fundamental de la existencia humana. ¿Por qué buscamos vida más allá de nuestro planeta, entonces? ¿No será quizá porque lo que nos dicen la lógica y las posibilidades conocidas de la materia no nos satisface? No puedo afirmar nada trascendente, no puedo demostrar nada, pero igualmente creo atrevido y petulante negarlo categóricamente. Las palabras de mi hermano Unamuno, que defendía el vivir en la duda, al menos sanan una parte de mi herida.

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