Realidad y ficción

Redactado por: Javier Gallego Alonso

He escuchado y leído –y seguiré escuchando y leyendo innumerables veces– la expresión, que no deja de ser una frase hecha, «La realidad siempre supera a la ficción». Y no acabo de entender qué significa si me atengo a la literalidad de la frase, ni tampoco lo acaban de entender quienes lo dicen; sí entiendo lo que ellos creen entender, y en este caso la frase estaría mal construida. No me suele gustar ponerme pedante, pero me van a perdonar que lo haga en esta ocasión.

Como soy una persona que en ocasiones, por no decir continuamente, le gusta complicarse la vida y jugar con el pensamiento sobre cuestiones que probablemente no lleven a ningún sitio, al menos desde un punto de vista práctico, voy a divagar un poco sobre esta expresión popular. Acaso reflexionar sobre dichas cuestiones sea una pérdida de tiempo; no hay duda de que a quienquiera que se le pregunte así lo consideraría, pero alguien debe dedicarse a lo que mayoritariamente se considera inútil.

Primeramente ¿qué quiere decir ser superior? No quiero entrar en cuestiones metafísicas innecesarias, pero ésta es importante. ¿Por qué la realidad es superior a la ficción? La realidad y la ficción son dos esferas distintas, dos entes que se relacionan estrechamente, incluso que se tocan, pero se las puede separar, no obedecen las mismas leyes aunque la ficción en ocasiones trate de imitar la realidad. La ficción siempre está tamizada por el pensamiento y la mirada de un creador, de un ser humano, que va a elegir, filtrar, disponer de ciertos elementos ordenados según determinadas intenciones, por lo general de carácter lúdico, estético, dramático o filosófico. (De lo contrario nadie se toma la molestia de crear una ficción). Por fuerza la ficción va a comprender, subvertir, transformar un fragmento de la realidad, no su totalidad; es forzoso una simplificación de ésta para adaptarla a las intenciones intelectivas del creador y del receptor, ya que la capacidad de la mente humana es limitada y no puede abarcar el movimiento completo de la realidad, mucho menos expresarlo. Es imposible abarcar la realidad en una ficción porque dejaría de ser ficción y se convertiría en realidad, en nuestra realidad producto del azar, con infinitas variables –creada, según se quiera, por un ser superior (Dios o una conciencia universal) o por el puro azar de la actuación de la física en la materia dentro de la inmensidad del tiempo y el espacio–, lo cual vendría a ser un contrasentido.

La ficción es una creación humana y por tanto sus confines son poco extensos y su estructura débil en comparación con el tejido de la realidad. Esto es indudable. Tampoco convendría olvidar que al plantearnos estas reflexiones nos centramos, como no puede ser de otra forma, en cuestiones exclusivamente humanas, y, siendo así, cabe decir que en ese contexto la realidad imita en ocasiones a la ficción en mayor medida que ésta a aquélla, tal como dijo el maravilloso Oscar Wilde. Pero eso es tema para tratar en otra parte.

Sólo con este argumento se podría afirmar que es una necedad comparar ficción y realidad. Sin embargo, no seamos tan severos y ladinos recurriendo a la cosmología y la ontología; no seamos tan ambiciosos y encaremos el asunto de manera más prosaica, si se me permite llamarlo así.

¿A qué se refiere en realidad la gente cuando dice la frase de marras, tanto los más simplones, cuya simplicidad no es totalmente culpa suya, como los supuestos intelectuales que son cualquier cosa menos representantes del intelecto? Está claro que es una reacción ante ciertas expectativas sobre la vida, un asombro ante lo inesperado de ésta, mejor dicho. Me explico. Todos nos acostumbramos a la rutina que nos autoimponemos o nos imponen, nos amoldamos a ciertas situaciones cotidianas planeadas y otras contingentes, pero todas ellas, en la medida de lo posible, las situamos en una sistema lógico que usamos para protegernos de la incertidumbre, la inseguridad, la fragilidad de nuestra vida y de las de nuestros conocidos, de nuestra impotencia para controlar aquello que nos rodea y nos puede someter. Estamos a merced del azar, los elementos, el fatum o como lo queramos llamar, y defendernos así es comprensible, es normal y es humano.

Cuando este nuestro esquema se nos viene abajo, nos sobreviene la congoja que nos recuerda lo frágiles que somos; nuestra conciencia nos susurra que no somos inmortales, y la escuchamos, aunque sólo sea por un instante, y nos aturde o al menos nos incomoda. Este anonadamiento, en general fruto de un hecho terrible y rebuscado –porque nuestra famosa frase no se usa al conocer hechos excelsos o que nos favorecen– que nos aterroriza o nos desconcierta provoca un sentimiento de abandono o de vértigo: nos asomamos al abismo cuyo fin no se atisba y temblamos con temor. Es, en definitiva, un darse cuenta o percibir el absurdo.

Quizá lo más revelador de todo esto sea que la ficción se puede comprender coherentemente, la podemos asir de alguna manera, poseerla o ¡pobres diablos! tener la ilusión de que la poseemos; nos es dado observarla como un todo desde una posición ventajosa y sobre todo indolora, con la posibilidad de repetir nuestra experiencia en ella las veces que queramos. Con la realidad no ocurre esto ni jamás ocurrirá porque es irrealizable; la realidad no es la misma a cada instante que transcurre, es un continuo devenir imparable y abrumador, nos guste o no.

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