Tolstói contra Shakespeare. Enmienda

Redactado por: Javier Gallego Alonso.

Después de haber leído el extenso –y magnífico– artículo que dedica Lev Tolstói a Shakespeare y su obra, y habiendo pensado largo tiempo sobre el Bardo de Avon, despertando éste en mí sentimientos contradictorios, quiero dejar por escrito mi valoración sobre su pluma y, de paso, guiar mi comentario por el artículo de Tolstói y matizar ciertos lugares con los que disiento. No es mi intención rivalizar con Tolstói, con su tremendo intelecto y pericia, muy superiores a los míos, sino comentar algunos puntos en los que quizá su pasión lo ha cegado. Por encima de todo, es absolutamente admirable que Tolstói, qué duda cabe, pensase por sí mismo y no se adhiriera a la opinión mayoritaria sólo por ser ésta reina absoluta e incuestionable, tiranizando la capacidad reflexiva y la imaginación de todo lector sin una gran fuerza intelectual que no se deje domar. Por éstas y más cosas Tolstói fue un genio.

Sin más que añadir, comencemos.

La primera falta de que adolece Shakespeare en la larga invectiva de Tolstói es su pobre habilidad para diseñar caracteres o personajes, todos ellos, casi sin excepción, artificiosos, poco naturales, similares entre ellos tanto en actitud como en forma de hablar, no distinguiéndose unos de otros fácilmente, procediendo todos de un único molde para a continuación adornarlos Shakespeare con ciertos ornamentos propios de la edad, la condición social y su sexo, siendo estos detalles, a su vez, más que nada caprichosos y poco convincentes. Nombra Tolstói a varios reyes de unas cuantas obras de Shakespeare, afirmando que todos se comportan de la misma manera caprichosa, desquiciada y estúpida.

En esta cuestión debo decir que Tolstói anda muy acertado. No es, en absoluto, uno de los puntos fuertes de Shakespeare la creación de caracteres, ni siquiera si nos limitásemos únicamente a personajes teatrales creados en su misma época. Es verdad que en ocasiones, cuando la trama favorece su estilo, ha creado personajes más complejos y profundos en comparación con los que anegan el grueso de su obra; pero, aun así, palidecen en comparación con los que creó Molière, por nombrar a un escritor teatral contemporáneo. Los personajes de Molière tienen verdadera vida; se mueven, declaman, se irritan y alegran y siguen sus pasiones sin que Molière los maneje con hilos de marionetas. Una vez creados, Molière los deja seguir su camino, ganarse su independencia; los libera de su yugo y se alejan de su seno. Shakespeare no. Shakespeare sacrifica cualquier verosimilitud por un efecto dramático que él busca en la obra, probablemente el único que realmente busca; dirige a cualquier personaje que tiene entre manos hacia una decisión crucial que altera el argumento de la obra, aunque esta decisión no se corresponda con su personalidad.

Dice Tolstói que los personajes que mejor funcionan en Shakespeare, los más verosímiles, son los secundarios, además de algunos principales no tan pobremente dibujados como Falstaff, Otelo o Shylock. Estoy totalmente de acuerdo con él. Debo añadir que ciertos personajes femeninos están bien hechos en comparación con los nombrados hasta ahora y sobre todo en relación a la pobreza general de los caracteres femeninos en esta época del teatro; ejemplos de ello son lady Macbeth, Desdémona u Ofelia.

También hace constar Tolstói, con acerada perspicacia, que Shakespeare hace hablar en demasía a todos y cada uno de sus personajes, independientemente de su importancia en la trama, con lo cual distorsiona el ritmo y la frecuencia emocional que parece que quiere sintonizar en una escena determinada, arruinando así el efecto que desea inducir en el lector o espectador. Y esto es un error grave en el desarrollo de una obra dramática. Su principal problema, y estoy seguro que Tolstói convendría conmigo, es que la tramoya del autor, sus trucos, son muy obvios y se dejan ver a lo largo de prácticamente todas sus escenas, y por ello se nos presentan no poco alejadas de la perfección.

Con respecto a las tramas, a su construcción, Tolstói censura a Shakespeare su desproporción, su desmedida verborrea y lo inverosímil de las situaciones que plantea. Hasta aquí Tolstói tiene toda la razón, y no me importa lo que dijesen Harold Bloom o cientos de fanáticos como él.

Continúa Tolstói afirmando rotundamente que Shakespeare no es un artista –he aquí otro de los puntos cruciales de su artículo– porque no tiene sentido del gusto ni de la medida y su desarrollo de la acción es exagerada y nada realista; Shakespeare desdeña aquello que cuenta, sólo quiere desencadenar fuegos de artificio y nada más. Con esto concuerdo parcialmente.

Es innegable que Shakespeare es desmedido, su lenguaje exagerado, sus personajes a menudo grotescos y simples; su mirada extraña y lúdica, alejada a menudo de sus criaturas, en busca de un efecto trasnochado y espurio, centrada solamente en entretener y epatar al oyente; son estos trucos de prestidigitador barato, sin duda. A pesar de ello, Shakespeare sigue siendo un artista. ¿Y qué?, podría preguntárseme, ¿lo llamas artista cuando está claro que fue un dramaturgo poco brillante? Sí, porque su fortaleza reside en la poesía, no en la dramaturgia. En esto Tolstói sólo concede que Shakespeare «versificaba bastante bien».

Para entendernos, ya que poesía se puede aplicar a cualquier género literario, desde la novela al soneto, a partir de aquí me referiré como poesía a los poemas en verso y como poeta a quien escribe esos poemas.

Continuemos.

Shakespeare es desmedido, sí; no es armonioso ni proporcionado. No obstante, tampoco lo son Homero, Victor Hugo, Rabelais, Cervantes, Whitman y otros, y sin embargo son artistas. Son estos artistas más perfectos que Shakespeare, pero éste sigue teniendo una voz propia muy poderosa, tan poderosa como las suyas. Ahora ya me estoy refiriendo únicamente a la poesía, en concreto a la lírica. Es en ella donde Shakespeare es soberano; sus Sonetos y sus poemas narrativos más extensos representan una cima de la lírica inglesa. No estoy hablando de teatro o de narrativa, en los que es necesario armar una realidad alternativa que parezca tan o más real que la nuestra. La poesía lírica es algo más sensoria y musical que eso, aunque obviamente contenga también un sentido, una filosofía o un pensamiento implícitos o explícitos; sus recursos y asociaciones son distintos y su armazón diferente. La poesía lírica es, por lo general, más personal o intimista, más apegada a un individualismo o exacerbación autoral y no tanto a un punto de vista o una ocultación por parte del escritor. Es una intensificación del yo que tiene un privilegio superior a una creación que se desarrolla paralelamente a la forma de pensar y sentir del autor.

En sus poemas parece que Shakespeare se arranca su careta de histrión y se toma en serio su labor artística. Lo que antes era chanza, espectáculo y vacuidad, ahora es aplomo, profundidad, vehemencia, lenguaje bello y denso. Es palpable que Shakespeare, como admite el propio Tolstói, es conocedor de la psicología humana y del movimiento propio de la realidad que una obra de arte emula. En su teatro, este sentido del movimiento es gratuito, artero y efectista; en su poesía es sabio. Incluso en los momentos más deleznables de sus obras teatrales, como un rayo que hiere el cielo en una noche negra azotada por la tempestad, existen versos exquisitos que casi salvan un plomizo y absurdo monólogo; son piedritas ocultas entre la escoria y la arena.

Convendría un inciso aquí para mencionar que, aunque Shakespeare fue un innovador incuestionable, no ha inventado la lengua inglesa moderna como, para perplejidad mía, mucha gente sostiene. Si solamente hubiera de recaer en un único escritor, este honor más bien debería detentarlo Chaucer.

Un tercer asunto primordial en el artículo de Tolstói es el tocante a la moralidad en las obras de Shakespeare. Es en esto en lo que no consigo ver lo que Tolstói aduce. Aunque no comulgo con sus conclusiones morales sobre el teatro de Shakespeare, no sucede así con su análisis sobre el devenir del teatro –del drama– desde los griegos hasta el tiempo presente.

Para Tolstói, el drama ha perdido su verdadera esencia religiosa desde la antigüedad clásica. Con ello ha dado lugar, no a un espectáculo de purificación espiritual como antaño, si no a un entretenimiento para las masas, un espectáculo en que lo importante son los beneficios y el entretenimiento, en especial el de las clases pudientes y poderosas. No me resisto a incluir un párrafo en el que se refiere a esto mucho mejor de lo que yo podría hacerlo:

Y puesto que eran principalmente los grandes de la tierra —reyes, princesas, cortesanos— quienes podían beneficiarse del drama —ellos eran las personas menos religiosas, y no simplemente indiferentes a las cuestiones religiosas sino en la mayoría de los casos, gente complemente depravada—, se siguió que para satisfacer las exigencias de su público el drama de los siglos XV, XVI y XVII fue principalmente un espectáculo dirigido a reyes depravados y a las clases superiores. Así ocurrió con el drama en España, en Inglaterra, en Italia y en Francia.

Inmejorablemente explicado. Salvo excepciones geniales, así ha ocurrido, especialmente en esa época que menciona. Estoy con él en que el arte ha ido perdiendo, con el transcurrir de los siglos, una dimensión espiritual fundamental que le es propia, y, con esta pérdida, es probable que la capacidad del espectador de apreciar un trabajo artístico se haya visto reducida exponencialmente, suponiendo que alguna vez dicha capacidad haya estado a un nivel aceptable entre el público.

Es un tema altamente interesante y que sería central en otro artículo. De momento terminemos con este.

Podríamos resumir la amplia reconvención moral de Tolstói a Shakespeare con este fragmento:

En otras palabras, Shakespeare ve claramente que la moralidad del fin es la única verdadera, la única posible; de modo que, de acuerdo con Brandes, el principio moral fundamental de Shakespeare, por el cual es ensalzado, consiste en que el fin justifica los medios. Actividad a cualquier precio, ausencia de cualquier ideal moral, moderación en todo, la preservación de las formas vitales establecidas, y la máxima de que el fin justifica los medios.

Quizá sea, no lo descarto, mi incapacidad para juzgar la obra de Shakespeare o para entender a Tolstói, pero yo no veo esa iniquidad que menciona. En su momento Shakespeare no fue demasiado respetado –o al menos fue ninguneado–  por los poderosos, así que no creo que intentara ganarse el aprecio de los mismos, al menos en mayor e igual medida que sus contemporáneos. Es más, si observamos el argumento desnudo, despojado de todo lo demás, de sus obras, puede verse que el destino es habitualmente atroz para aquellos personajes que son viles y despreciables desde el punto de vista moral. En todo caso, esos personajes no son expuestos como modelos de conducta ni tampoco resultan admirables. ¿Que Shakespeare ha dibujado personajes grotescos y pérfidos? Es cierto, lo ha hecho; la vida muchas veces lo es. Pero no veo que premie especialmente el fin sobre los medios ni la ambición sobre el honor. Prueba de ello son sus dramas más reconocidos: Otelo, Macbeth, Ricardo III, La tempestad

A Shakespeare se lo ha aupado a un pedestal que no merece entre los hombres dedicados por entero al teatro; pero he ahí, en un rincón poco iluminado y polvoriento, que está su cítara de oro y cuerdas de plata, perfectamente afinada, verdadero instrumento que dominaba, objeto de alabanza y admiración, por la cual deberíamos derribar ese pedestal avejentado y podrido, y colocarla por siempre en su lugar.

Si algún lector quisiese leer el artículo de Tolstói traducido, aunque no íntegro (para eso tendría que leerlo en inglés), en estos enlaces puede hacerlo:

– En Nueva revista;

– en el blog de un compañero crítico y escritor, quien tiene cosas interesantes para decir sobre Shakespeare.

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