Victor Hugo, el poderoso Olimpio

Redactado por: Javier Gallego Alonso

«Este hombre ha sido el mismo poder… Para medirle, basta examinar lo que los poetas nacidos a su alrededor se han visto obligados a inventar para poder existir a su lado».

Paul Valéry

¡Ah, qué fascinante el siglo XIX!; ¡tan desmedido, tan soñador, tan quimérico, rutilante, salvaje, embriagador, apasionado, a la vez que adusto, frívolo, encorsetado, hipócrita, opresor; tan contradictorio! Qué magnífico mosaico de mentes brillantes nos ha dado en todos los ámbitos humanos, tanto  políticos o económicos como espirituales y científicos; qué cantidad de genios de las artes se han concentrado en un pequeño punto de la gigantesca circunferencia que traza la historia del pensamiento. Especialmente notable en este crisol de genialidad artística es el caso de los poetas, los músicos y los pintores, eminentes en gran parte del territorio europeo y Norteamérica: Oscar Wilde, William Blake, Coleridge, Goethe, Shelley, Keats, Schiller, Thoreau, Flaubert, Edgar Poe, Baudelaire, Robert Browning, Byron, Hölderlin, Emerson, Novalis, Emily Dickinson, Vigny, Lamartine, Heine, Whitman, Verlaine y otros muchos como poetas, maestros en el tañer de la lira; Beethoven, Chopin, Mendelssohn, Schumann, Liszt, Wagner, Brahms y otros tantos como músicos, escuchando armonías celestes en el rumor del viento y el  estruendo del ponto; Caspar David Friedrich, Géricault, Waterhouse, Delacroix, William Blake, Gustave Doré, Goya, Van Gogh, John Everett Millais, William Turner y otros más como pintores, cuya mirada descubría mundos escondidos en los rincones ocultos en el reverso del siglo. Todos ellos genios, todos ellos espíritus de su siglo.

Si deseamos prestar atención únicamente a los poetas, ¡maravillosos cantores de galanterías y tragedias!, creo que hay uno que sobresale entre todos ellos, no por crear obras más perfectas o bellas, sino por su extraordinario vigor, por su inmenso poder y su ilimitada variedad de registros y por ser, quizá, el mejor representante de ese convulso siglo del que aún nosotros somos herederos.

Victor Hugo, que nació en 1802 y falleció en 1885, vivió prácticamente todo el siglo XIX. Se empapó de los torbellinos que provocaron las tempestades de la centuria, además de las breves y plácidas calmas en la marea de los acontecimientos del siglo, especialmente en Francia, ya desde el siglo XVIII una de las naciones con papel protagonista en el extraño teatro europeo del momento. La dilatadísima obra de Hugo refleja, tal y como él decía, las principales convulsiones intelectuales y artísticas del siglo XIX.

Sus influencias provienen de escritores todopoderosos y son numerosas, y con ellas podemos hacernos una idea de la clase de fuerzas que han contribuido a moldear el vivaz y descomunal carácter artístico de Hugo. Las principales son Homero, Esquilo, Isaías, Job, San Pablo, San Juan, Juvenal, Dante, Rabelais, Molière, Shakespeare, Cervantes; todos ellos terribles, tenebrosos hombres de letras, con almas grandes, flamígeras y poco amables. El plantel ciertamente aterra, e igualmente aterra Hugo.

¿Qué abarca su inmensa producción? Comienza con el angosto academicismo instaurado en Francia desde el siglo XVIII, casi inamovible cuando Hugo empezó a escribir versos siendo un adolescente; estilo al que se adaptó admirablemente y, tras agotar sus escasas posibilidades estéticas, formas muertas, cadáveres engalanados de versificación, destruyó su frágil envoltura y sus temas marchitos para evolucionar a tientas en la oscuridad, como todos los grandes, para, él solo, junto con algunos acólitos no tan capaces, crear el Romanticismo francés que resultaría más frívolo e insulso que el alemán y el inglés, pero que para Hugo y sus contemporáneos sólo fue un camino necesario de transitar. Todo el teatro de Hugo se enmarca en esta corriente estética, en la que aún no consigue alcanzar su madurez artística, pero ya se intuye su brillantez lírica en la composición de hermosos versos al servicio de tramas y efectos dramáticos no demasiado afortunados.

Junto a las monarquías borbónica y de la casa de Orleans, con las que Hugo se codeaba cómodamente, su poesía se resintió. Algunos poemas amorosos, sumamente hermosos, y otros muchos demasiado cándidos, impostados en ocasiones, además de una producción seguramente desmedida para resultados tan pobres, son el resultado de unas décadas frívolas y complacientes, tierra de cultivo para que medrasen burgueses filisteos que nada sentían, como nunca han sentido, por el arte. Éste fue el ensueño de mediados de siglo francés, su estancia en la isla de Circe con la perspectiva de una duración eterna y el consecuente ennui que produce. La vida, el arte, se hacen pesados, igual que los banquetes con los que se deleitaba Hugo en las altas esferas sociales, tal y como se empachaba con sus conquistas sexuales para desfogar su quasi inagotable libido. En sus versos se acumula el champagne,  el rocío en el regazo de su amada –o sus amadas–, todas ellas ángeles copistas de pies ligeros que coronan de ramas de laurel la cabeza del poeta saciado de sí mismo. No obstante, en este momento hay perlas entre los artículos del buhonero: Nuestra señora de París, Las hojas del otoño, Los rayos y las sombras; esos manifiestos del romanticismo francés más elevado que pueda encontrarse en forma de novela o en verso. Estas obras bien pueden redimir una década de torpezas, y bien podrían redimir la obra completa de otros autores inferiores a Hugo.

Continuemos por esta turbulenta corriente; es la corriente que Hugo decidió tomar en todas las encrucijadas de su azarosa vida.

Aquí llegan los inescrutables bandazos con que el destino tortura a los genios para que terminen de convertirse en lo que deben ser. Para Hugo serían la muerte de su hija mayor, Léopoldine, al reclamarla el Sena para sí, para siempre, y el golpe de estado del miserable de Napoleón III. Este último condenará al exilio al poeta, bajo amenaza de muerte, debido al desafío que constituían sus brillantes defensas de ideas progresistas, liberales, republicanas, siendo él de los pocos que se enfrentó abiertamente al futuro emperador.

¡Y qué esplendor trajo el destierro a su poesía! El paria se convirtió en un titán que con sus palabras podía alterar el curso de los ríos, mover montañas a placer, disipar las nubes del cielo, visibilizar el éter, teñir de un color nunca visto el crepúsculo, y dominar el brillo de los astros y cambiar de forma la faz de las galaxias. Conversó con la muerte, con Dios, con la tumba; discutió en el camposanto con espectros venidos del abismo; penetró con sus ojos adustos la verdad que retenía la oscuridad de las noche, escuchó las letanías cantadas por el océano y las cordilleras, las oraciones de los árboles y las flores, los lamentos de los acantilados en sus dos islas del exilio, Jersey y Guernsey. ¿¡Creen que exagero, que esto es una hipérbole!? Lean toda su poesía correspondiente a esta su última etapa artística: Los castigos, Las contemplaciones, La leyenda de los siglos, Lo que dice la boca de la sombra, Las canciones de las calles y los bosques, Dios, El fin de Satán… en poesía; Los miserables, El hombre que ríe, Noventa y tres, en novela; William Shakespeare, Escritos sobre la pena de muerte, Post-scriptum de ma vie, como ensayo. Todo este ingente material oscila entre lo notable y lo magistral; un puñado de obras maestras compuestas prácticamente una detrás de la anterior, en febril actividad, casi sobrehumana, engalanan este sublime período. Son imperdurables memorias de un alma.

Es en este momento de soledad y reflexión en las islas del Canal de la Mancha cuando se obliga a tejer el trío de trajes que según él debe vestir un poeta moderno: el de profeta, como lo fueron Isaías o Ezequiel (casi se podría decir que tiene un gran talento innato para ser «pescador de hombres», como decía Cristo); el de benefactor moral y social que denuncia la iniquidad, como hicieran Juvenal o Dante; el de guía del género humano, emulando a los dichos más atrás junto a Esquilo, Homero o Cervantes. En estas sus últimas obras habla alguien con tal riqueza expresiva, con una variedad poética estilística (epopeya, sátira, canción, elegía, fábula) casi inexplicable, con una imaginación tan fecunda en imágenes y profundidad conceptual, componiendo con delicadeza, solemnidad, vigor o irreverencia; poseedor de unas armas lingüísticas tan poderosas, un dominio tal de todos los recursos técnicos de su idioma, que dan pavor. Este hombre acrecienta tu vocación literaria o la reduce a cenizas; es uno de esos pocos genios.

Para mí Hugo es uno de los cinco grandes poetas del siglo XIX y posiblemente el más grande de todos los franceses en toda la historia de su literatura. No descubro nada si digo que Francia nos ha dado varios poetas supremos, especialmente en ese siglo, y, sin embargo, y a pesar del desprecio de sus compatriotas del siglo XX hacia él, ninguno lo ha superado ni ha ahondado, por irónico que parezca, mucho más en las vetas que abrió. Él, en mayor medida que todos los demás es, no sólo el gran renovador de la poesía francesa  de su tiempo, al cual todos han desvalijado sin admitirlo nunca, no sé por qué complejo o acuerdo tácito entre ellos, sino que es una prefiguración de corrientes como el surrealismo –dicho esto por André Breton, (quien mostró también deferencia hacia Hugo), y no por mí. Cierto que fue profundamente admirado por sus contemporáneos, pero imagino que de todo se cansa el hombre; se cansa hasta de admirar lo admirable.

No entiendo cómo puede a día de hoy ser un poeta tan ignorado o desconocido en nuestro país. Nunca figura en lista alguna, nadie lo cita como un gran poeta de referencia; y yo no me lo explico.

O quizá sí; puede intuirse una pista en lo siguiente. Hace poco, leyendo mi ejemplar de Lo que dice la boca de la sombra y otros poemas, con una traducción realmente buena, para mi sorpresa, a cargo de Antonio Martínez Sarrión, leo en su prólogo, éste no tan meritorio, que Hugo muchas veces se muestra demasiado excesivo y extravagante; esa faceta suya es la que nos repele, es indigesta y hoy en día ilegible.

Entiendo a qué se refiere Martínez Sarrión, pero no lo comparto. Esas alturas a las que llega Hugo, en las que es tan difícil respirar y el vértigo te atenaza sin misericordia, son la gran prueba que separa lo convencional de lo genuino; la belleza conocida por nuestra experiencia lectora y estética choca contra algo distinto, la golpea un estilo único, vehículo de los caprichos absolutamente medidos y consecuentes del genio de temperamento poderoso, de energía y ambición desbordantes. Es la prueba final para alcanzar las manzanas de oro que nos ofrecen las Hespérides, la meta de la poesía épica más desaforada.

Un ejemplo muy adecuado sería la Comedia de Dante. Todos estamos de acuerdo en la sublime calidad del Infierno; el respeto provocado por el terror, la angustia, la amargura de sus criaturas encarceladas cuyo alimento es fuego, polvo y lágrimas es innegable. No obstante debo decir –y lamento adoptar este tono– que es realmente en el Purgatorio y el Paraíso donde Dante despliega todas sus asombrosas capacidades estéticas y eruditas, todo su saber hacer, y es precisamente en estos cantos en los que la gran mayoría de los lectores se asfixia. ¿Por qué? Porque aquí se empieza a mostrar la diferencia entre Dante y ellos; los que no pueden seguir carecen, me temo, de la fuerza necesaria.

¿Es una falta de gusto por parte del poeta?, ¿una estúpida falta de medida que estropea la perfección de una obra de arte? Con todo el derecho y con razones sopesadas, Martínez Sarrión afirma esto. Pues bien, yo creo que los genios de esta clase, y de todas las clases si se me pide un compromiso, se muestran en las notas disonantes de sus creaciones, no en las afinadas o correctas; sus excesos hacen crecer al arte. Si el arte se hiciera siempre según unas medidas absolutamente armónicas, sus movimientos se estancarían y sus miembros se gangrenarían. Transgredir la regla y no perecer en el intento es la labor del genio.

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