Juvenal y la cólera purificadora

Redactado por: Javier Gallego Alonso

Quis custodiet ipsos custodes?

Sátira IV (Juvenal)

Son los genios espíritus que moldean las mentes de los hombres, luminarias que marcan el camino correcto a seguir. Son los servidores supremos del pueblo, el máximo exponente de la inteligencia de una época, marcan los límites de los logros que esa época puede obtener. Los reyes y tiranos a los que tanto se teme e incluso se admira en ocasiones –y efectivamente resultan fascinantes por su ambición y sed inextinguible de poder–, sean Alejandro Magno, Napoleón, César, Octavio Augusto, Nerón, Carlos V, Isabel I, Enrique VIII, Luis XIV, Roosevelt, Stalin, Francisco Franco y un largo etcétera, poco o nada han hecho por el progreso y por librar al hombre de la barbarie. A medida que los siglos transcurren, más pequeños nos resultan esos falsos líderes y la mística de la antigüedad que los cubre con mantos espurios le va cediendo terreno a la verdad.

Quienes contribuyen al bienestar y la libertad de la humanidad son los genios. Ellos permiten comprender lo bueno que hay en la naturaleza humana, incluso a los más zafios; ellos sugieren la ética más honorable posible para cada siglo, ellos nombran a la vileza y le escupen en la cara, ellos doblegan la patraña y la estrangulan con manos de bronce. Y si, por suerte para el resto, resultan ser artistas, harán todo lo dicho portando el estandarte de la belleza, ya que son los únicos que saben cómo manejar a las musas para que les juren obediencia.

Juvenal es, sin duda alguna, uno de estos hombres. Juvenal es Roma, la Roma republicana agonizante durante la época de los primeros césares. ¿Y por qué es Roma? Porque refleja todas las inquietudes espirituales del Imperio con una lucidez sobrenatural; por eso. Juvenal abre las puertas herrumbrosas del oprobio tras las que se esconden los pérfidos y los malvados; turbados por el chirrido de sus goznes, nos los descubre en flagrante escándalo, y, ante sus horrorizadas miradas, destapa para todos nosotros sus atrocidades mientras fija en ellos sus aterradores ojos; no les quita la vista de encima, su mirada es terrible.

Con sus maravillosas Sátiras, trazadas con poderosos, augustos, sombríos, bellos y cuando a él le place graciosos hexámetros, propina una brutal paliza, destroza sin piedad al vicio, la corrupción, la avaricia, la ambición estúpida por el poder terrenal, el despilfarro, el adulterio, el asesinato, la deshonestidad, la injusticia; ironiza acerca de la fugacidad de la vida, la fealdad de la vejez consumida por una vida de felonías que se marcan en las arrugas del rostro, la displicencia de los amos hacia sus esclavos; ataca la mala poesía y la estupidez del pueblo en su trato con los espectáculos circenses que recuerdan a espectáculos dantescos de nuestro tiempo; advierte sobre el inmenso peligro del pecado, peligro muy real y presente por mucho que no se le dé importancia o se lo rechace al hermanarlo con las religiones, y que siempre nos exige pagar un precio exorbitante cuando hacemos tratos con él.

¡Qué caterva de rufianes desfila por sus páginas! Domiciano, Tiberio, Nerón, Alejandro, César, Aníbal, Claudio, Jerjes, Mesalina, tribunos, cónsules, patricios de todo tipo… La fecundísima imaginación del poeta siempre tiene imágenes para ilustrar todas las faltas de estos personajes ilustres. La cólera impenitente que se percibe en algunos pasajes de su obra, la espuma rabiosa que destilan algunos de sus versos, son bálsamos que alivian nuestras ansias de honestidad y justicia. Las más brillantes perlas que Juvenal nos ofrece se encuentran en los abismos de sus más tenebrosas invectivas.

Poco sabemos de la vida de este gran poeta, pero qué importa. Él es, junto con el historiador Tácito, el juez supremo de su tiempo. Como poeta es superior a Virgilio, Ovidio y Horacio; como hombre es tan grande como Cicerón. Juvenal es el espíritu de un pueblo, el genio que juzga y condena la infamia y la mezquindad de los poderosos, es la voz de la virtud de una época que invoca a los tiranos de sus tumbas, ¡condenados émulos grotescos de Lázaro!, y los señala culpables, ahorcándolos con sus propios sudarios. Hace casi dos milenos no tuvo ningún poder sobre los Césares; hoy, sin embargo, éstos no son nada y él es un coloso que los mira desde las alturas, sonriendo sarcásticamente mientras ellos se hunden más y más en las tinieblas. Esos tiranos sólo son cenizas y es lo que merecen.

Los hombres como Juvenal fueron, son y serán siempre necesarios, eternos benefactores del género humano. Aun siendo hombres con faltas, pues ningún hombre es sabio desde todos los puntos de vista, son los titanes del pensamiento y permanecen en una constelación que el resto sólo podemos contemplar atónitos, únicamente soñando con alcanzarla. Juvenal, al igual que los demás genios, es una luz que resplandece y quita poder a la grande indignidad del hombre.

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