El reverso tenebroso del artista

Redactado por: Javier Gallego Alonso.

Woody Allen ha sido, desde hace ya varios años, tema de discusión sobre abusos sexuales a menores; lo han acusado de violador tanto propios como extraños, y se ha clamado para que no le dejen filmar más películas y que nadie más trabaje con él. Por otra parte, otros le han defendido esgrimiendo todo lo contrario.

Parecía que últimamente se había acallado un poco el debate, hasta que se ha avivado, al menos en España, a raíz de la reciente publicación de sus memorias, tituladas A propósito de nada, por parte de la editorial Alianza, estupenda en la edición de obras clásicas, por cierto; y me imagino que será un gancho publicitario publicar a alguien tan controvertido. Se sabe, además, que Allen ha tenido problemas para publicarlas en Estados Unidos, aunque finalmente lo ha conseguido. Este hecho ha desatado no pocos artículos de opinión en medios de comunicación y blogs, además de opiniones de todo tipo en redes sociales.

¿Qué sabemos realmente sobre lo que pasó con Allen y su hija adoptiva? Pues nada, o casi. Oficialmente conocemos lo que han dictaminado el departamento de Servicios Sociales de Nueva York y la Corte Suprema de Nueva York: que no hubo abuso o maltrato de ningún tipo. Lo demás es especular; es así nos guste o no.

¿Por esta razón deberíamos condenar a Woody Allen, echar abajo su carrera y no volver a ver ninguna película dirigida o escrita por él? No lo creo.

El lector puede pensar que es muy obvio hablar de Woody Allen y sus cuitas, y tal vez sea así. En realidad, el propósito de este artículo no es defender a Allen, sino algo más amplio que eso, a saber: discutir qué papel debiera ejercer la moralidad en la creación, y sobre todo en la recepción estética, o al menos intentar esbozarlo.

Hoy en día –no sé si desde siempre, aunque lo dudo– toda la gente que consume arte parece dotada de una perfecta brújula moral que apunta siempre al norte, inexorablemente infalible en su rumbo, en cualquier juicio acerca de cualquier personalidad o figura famosa. Sin embargo, la verdad nunca es sencilla, y es muy complicado ser consecuente en estos temas.

Hay casos de la misma naturaleza que el de Allen, notorios y publicados, que permanecen ignorados o ninguneados, y que, aplicando la misma lógica del desprecio, deberían generar la misma antipatía. No sucede así. Se me viene a la mente el caso de Anne Sexton, que parece ser que abusó de y propinó palizas a su hija, pero sus obras son leídas, y a ella se la admira; Caravaggio mató a varios hombres, según parece de forma bastante rastrera, al igual que Christopher Marlowe y otros, pero a ellos, igualmente, se los admira; Denzel Washington, y hablo de memoria, golpeó a su mujer hasta dejarla casi sorda, y aun así sus películas se ven y, como actor, se le admira; Picasso fue un monstruo con varias mujeres en su vida, y no obstante sus cuadros se siguen contemplando y a él, como pintor, se le admira. En el siglo XVI inglés el teatro se consideraba una actividad vulgar y despreciable, y al mismo tiempo era tremendamente popular. Entonces ¿qué época está en lo correcto?, ¿la inglesa o la nuestra? Así podríamos continuar por muchas líneas.

¿Por qué esta falta de coherencia? Si se va a boicotear a artistas, boicoteemos a todos los que sean moralmente despreciables, no sólo a aquellos que nos caigan mal, para luego disculpar a los otros. Las cosas o se hacen bien o no se hacen.

He aquí la pregunta que se desprende de todo este preámbulo: ¿se debe censurar a los artistas o pensadores por causas morales? ¿Es lícito censurarlos por su vida privada? Por desgracia el público es tirano y soberano, y estás en grandes apuros si no le caes en gracia. Todas estas ansias de alabanza o injuria me parecen, personalmente –quizá esté equivocado–, juicios en base a: quién aprecio, quién me cae bien, con quién me identifico… y quién no lo hace. ¿Conocemos realmente a estas personas como para llegar tan lejos? ¿Hemos estado presentes en los supuestos altercados que han protagonizado? ¿Conocemos lo que piensan con sinceridad sobre el tema? ¿Conocemos a sus allegados para poder confiar más en su palabra que en la de cualquier otro? La respuesta a todas estas preguntas es no. Y no hay más.

Si nos equivocamos con esta gente, puede ocurrir lo que le lleva pasando a Roman Polanski desde los años setenta; hasta que se muera, y probablemente más allá de la muerte, va a portar un estigma que sinceramente no merece, cosa probada —o al menos se pudo aducir una gran duda razonable—no hace demasiado tiempo. ¿Acaso esto es justo?

Con respecto a las obras artísticas, pienso que son importantes independientemente de la moral de su autor, igual que con las obras filosóficas; y si no es así, a dejar todo el mundo de leer a Heidegger. Hay un componente intelectual e histórico muy poderoso que justifica la lectura o la nutrición a base de esas obras. Es verdad que los más grandes artistas establecen una simbiosis entre su vida, su ética y su arte, pero su vida, su personalidad, no se reduce únicamente a sus rasgos más sombríos. Es fascinante y enriquecedor acceder al pensamiento, a la obra, al carácter de un ser humano con sus defectos y virtudes; es más, es bueno para percibir las zonas oscuras del hombre y poder alejarnos de ellas. Esconderlas no es la respuesta.

De todos modos no creo que sea más válido o favorecedor conocer la esfera personal de los artistas, sobre todo de manera profunda; pienso que la experiencia estética e intelectual se puede ver seriamente sesgada. Si no actuamos de esta manera, se está muy cerca de incurrir en un buenismo que lo inficione todo, y así ocurre, por citar un ejemplo, con el intento de expurgación, en Estados Unidos, de la novela Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain, queriendo modificar los pasajes en los que se llama de forma vulgar niggers a los negros, lo cual aún se sigue haciendo en todo el mundo. (No entro a valorarlo moralmente). Esa novela es hija y espejo de su época, cada época pasada es un planeta diferente al nuestro, son sistemas morales totalmente distintos, además de ser diferentes las relaciones entre sus capas sociales; con lo cual esa expurgación es un acto tremendo de barbaridad hipócrita y estúpida. No sé si esas épocas constituyeron planetas mejores o peores, pero sucedieron, y renunciar a ello o querer taparlo es algo zafio y pueril.

El artículo entero se puede concentrar en la siguiente frase: cuanto más se escruta al artista, menos se escruta el Arte.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. profesorjonk dice:

    No podemos estar más de acuerdo. Enlazaremos este brillante post desde nuestra web. Por cierto , compré la autobiografía pero la tengo en espera: quizás lo políticamente correcto, el buenismo revisionista y los prejuicios imperantes nos afecten incluso a quienes intentamos sobreponernos a esta nueva dictadura del linchamiento anónimo masivo . Un saludo

    Le gusta a 1 persona

    1. Muchas gracias por el comentario. Me halaga que os haya gustado.
      ¿De veras? Yo aún no las he leído, ni tampoco las tengo. Sería interesante leer un post sobre el contenido más destacable de esas memorias de Allen. Sólo es una idea.
      Tienes razón; es imposible sustraerse a una de estas cadenas que forja la moral de la sociedad a la que perteneces, por desgracia.
      Saludos.

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