John Keats, el ave inmortal

Redactado por: Javier Gallego Alonso.

Seguramente sea Keats el talento más brillante que ha escrito poesía lírica en verso, quizá en toda la historia de este arte. No creo exagerar. Qué portento resulta este hombre en comparación con sus contemporáneos, sus antecesores y sus inmediatos seguidores; qué bocanada de aire fresco tras la rígida, moribunda, trasnochada poesía del siglo XVIII (al menos en su mayoría, especialmente en Francia).

Este irrepetible poeta empezó a interesarse realmente, con pasión, por la poesía cuando contaba 21 años, sin tentativas literarias anteriores, sin demostrar ninguna inclinación a convertirse en un literato.  En 1816, año en el que comenzó a escribir, compuso un puñado de poemas menores; tras esto se dio cuenta de que debía mejorar y perfeccionarse, tanto en madurez como en cultura, así como ensanchar su espíritu. Dedicó ese año y parte del siguiente al estudio y a la asimilación de grandes poetas, sobre todo ingleses, tales como Shakespeare, Marlowe, Chaucer, Milton, Wordsworth, Coleridge, Spencer, Burns, Chatterton…

Cuando se sintió preparado, acometió con gran entusiasmo la composición de un ambicioso poema narrativo de unos 4000 versos titulado Endymion, el cual, gracias a las más bellas imágenes y la más vigorosa imaginación, nos expone el amor entre el pastor Endimión y la diosa Selene, la Luna, enriqueciendo así el mito griego y creando escenas totalmente inéditas, salidas de la increíble capacidad poética del autor. El poema, publicado en 1818, fue bastante atacado, pero no es este un suceso extraño cuando algo genial ve la luz por vez primera. El propio Keats fue consciente de los defectos de su poema, para él constituyó un reto para probarse a sí mismo y progresar como artista; así lo reconoce en su prólogo al poema:

será evidente para el lector, que de inmediato advertirá una gran inexperiencia, inmadurez, y todos sus errores, indicativos de un intento febril mejor que de un logro consumado. Sé que los dos primeros libros, y sobre todo los dos últimos, carecen de la calidad que justificaría su entrega a las imprentas, lo que no haría si creyese que el empleo de todo un año en corregirlos los pudiera mejorar, mas no lo haré, pues sus cimientos son demasiado frágiles.

Al año siguiente, tras aprender de su experiencia escribiendo Endymion, y después de enamorarse de Fanny Browne –amor que le ayudó a crecer como artista, por mucho que la crítica lo quiera obviar–, con quien va a escribirse una serie de apasionadas cartas, conservadas hoy en día y que son obras de arte en sí mismas, igual que muchas otras del poeta a sus allegados, las cuales suponen un testimonio de una sabiduría, una lucidez, un intelecto inconcebibles para alguien de esa juventud; alcanza este año, como decía, la cima de su desenvoltura poética y su equilibrio técnico como versificador, y compone sus más excelsos poemas: La belle dame sans merci, La víspera de Santa Inés, Lamia, los fragmentos de Hyperion y sus maravillosas odas.

En 1820 enferma de tuberculosis, interrumpiendo, como es lógico, su actividad literaria casi por completo, postrado en cama intentando recuperarse, y viajando en invierno por recomendación médica a Italia, de donde jamás regresará. Muere allí, en un estado de tremenda desesperación y abandono en febrero de 1821, a los 25 años.

¿Quién de entre los grandes poetas occidentales estuvo al nivel de Keats, contando tan sólo 24 años? Yo creo que ninguno; ni siquiera Rimbaud o Miguel Hernández volaron tan cercanos al Sol cuando les tocó su turno. Posiblemente el único que pueda comparársele sea el desdichado Hölderlin, quien fue el mayor poeta alemán de su tiempo. Aun sin tener en cuenta la edad de Keats, si comparamos sus méritos con los de los poetas del Olimpo, pienso que sus obras están a la altura de las de éstos; tanto es así que muy pocos pueden rivalizar realmente con él, pocos tañen la lira de manera tan perfecta; poetas en su mismo idioma se me ocurren William Blake, Oscar Wilde, Robert Browning… y ahora mismo ninguno más.

Superó a todas las grandes figuras del primer Romanticismo, incluyendo a los reconocidos Coleridge y Wordsworth, de quienes tomó la sencillez, la levedad, la ternura para los motivos sensuales y cotidianos, además de a sus coetáneos Byron y Shelley, con quienes comparte profundidad metafísica y conceptual, pero no arrostra sus descarríos y amaneramientos para el trato de temas políticos e idealistas. Keats supo qué lo diferenciaba de sus compañeros de generación; de Byron dice: «Él describe lo que ve. Yo describo lo que imagino», y es así porque en su obra la imaginación no es únicamente un vehículo para la expresión, sino un modo de conocer la realidad material y espiritual del mundo.

Al ser hijo de su tiempo, igual que cualquier individuo, los motivos de sus poemas y su predilección por ciertas formas compositivas guardan semejanzas con los de sus compañeros románticos: el enfoque hacia la simbología medieval, la nostalgia por la naturaleza, el solaz por el panteísmo, lo griego y el pasado idealizado. Sin embargo, la portentosa sabiduría y la capacidad de mezcla de estilos de Keats, además de una prodigiosa sensibilidad, consiguen trascender cualquier material y volverlo intemporal, dotándolo de un misterio muy particular, propio de su temperamento único, llegando a unas cotas de armonía asombrosas marcadas siempre por una dicción perfecta y pura en el lenguaje.

Keats intuyó, al igual que sus pares románticos en Alemania, que la belleza era verdad, y añadió que la verdad era belleza, y en su poesía realmente se aprecia así. Late en ella una pureza, una templanza, una gracia inefables, absolutamente arrebatadoras. Sus versos respiran la eterna juventud de un espíritu de la naturaleza, consiguen conmovernos con un dulce alentar en el corazón, una sensualidad inocente o una melancolía irresistible; evocan un tierno paisaje, un triste suspiro o un escenario trágico y escalofriante. Toda la gama de estados que nuestra sensibilidad pueda percibir está en su poesía.

Creo que su talento se pone de manifiesto de forma más clara en las odas y las baladas; dominaba estos géneros por encima de cualquier otro. Si tuviese que citar un poema que condense el sublime arte de este poeta inmortal, sería La belle dame sans merci; he aquí auténtico gran arte de aliento romántico en el mejor sentido de la palabra, una creación de una belleza casi mística. No me resisto a escribir sus 3 últimas estrofas –no lo copio íntegro porque ocuparía mucho espacio, aunque lo mejor es leerlo entero, sobre todo para que el efecto sea completo, el poeta pueda evocar toda la atmósfera del poema y el golpe estético sea mayor:

I saw pale kings and princes too,
Pale warriors, death-pale were they all;
They cried – «La Belle Dame sans Merci
Hath thee in thrall!»

I saw their starved lips in the gloam,
With horrid warning gaped wide,
And I awoke and found me here,
On the cold hill’s side.

And this is why I sojourn here,
Alone and palely loitering,
Though the sedge is wither’d from the lake,
And no birds sing.

Para Oscar Wilde, profundo admirador de Keats durante toda su vida, éste fue «el artista supremo de su siglo», «el auténtico Adonis de su época», «un sacerdote de la belleza». Como reza su hermosa lápida en el cementerio protestante de Roma, su nombre fue escrito en el agua, y tenía razón: con esa agua seguimos apagando nuestra sed de música y belleza, nos nutrimos de ella como de una fuente de agua clara, manando entre húmedas rocas a la sombra de vetustos robles, bálsamo para caminantes del bosque en calurosos días de estío.

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