Harold Bloom o el fanatismo literario

Redactado por: Javier Gallego Alonso.

Quienes, de entre los muy escasos lectores que tiene este blog, esperen un artículo con la extensión habitual, dejen de leer ahora mismo. Este va ser un poco más largo y analítico que otros y se puede antojar algo tedioso. Me voy a enfocar en la poco estimable crítica literaria del ínclito Harold Bloom, según muchos el crítico más importante de nuestra época. ¿El más importante? Si es así, la crítica literaria lleva agonizando varias décadas, y ahora seguramente esté muerta hasta que llegue alguien brillante que la consiga resucitar. Hasta entonces, mientras esperamos, vamos con Bloom.

He leído fragmentos de su Canon Occidental y gran parte de su ensayo sobre genios literarios titulado Genios. Voy a centrarme en este último. No hay duda de que las preferencias literarias de Bloom son anglosajonas, cristianas, victorianas y shakesperianas, sobre todo shakesperianas. Que un crítico desprecie la crítica literaria y la labor artística de Edgar Poe y no incluya a éste entre los 100 genios literarios más grandes me hace sospechar, pero veamos algunos nombres de su sospechosa lista, en la que agrupa en grupos de 5 a esos 100 escritores. Incluye a Borges, Octavio Paz, Pessoa, Lorca o Cernuda. Nada que objetar, pero no entiendo el añadir a éstos y no a Rubén Darío, San Juan de la Cruz, Alberti, Miguel Hernández o Juan Ramón Jiménez, poetas tan o más grandes y originales que aquéllos (especialmente superiores a Borges). Su concepción del genio se basa sobre todo en la originalidad de cada autor. Dejando a un lado si estoy de acuerdo o no en este punto –que lo estoy, aunque con matices–, no creo que únicamente este criterio sea lo que distingue a los genios del resto; la maestría con el lenguaje, una gran inteligencia y sensibilidad también cuentan. Sigamos ojeando la lista: sitúa en ella a poetas franceses del silo XIX como Hugo, Nerval, Rimbaud, Baudelaire o Valéry, y me parece perfecto; ahora bien, no colocar a Verlaine junto a ellos… ¿qué le falta que tengan los otros? A mi juicio nada. Pasemos a otra cosa, ya que podría objetar algo a cada grupo de cinco autores de la lista (lustros los llama Bloom) y se haría muy pesado. Unas líneas del prólogo de Genios:

«A Shakespeare lo siguen, en Keter, otras cuatro figuras casi comparables: Cervantes, el “primer novelista”; Montaigne, el primer ensayista personal; Milton, el reinventor de la poesía épica; y Tolstoi, quien fusionó la épica y la novela. Hay un segundo grupo en el que he incluido una secuencia de grandes autobiógrafos del yo: los poetas Lucrecio y Virgilio, Agustín, el psicólogo-teólogo, y Dante y Chaucer, los poetas supremos (junto con Shakespeare y Homero)».

¿Cómo podemos establecer quién es superior entre Dante, Shakespeare y Homero? No lo comprendo. Escribieron en distintos idiomas, son de épocas muy dispares y usan estilos casi antitéticos (el único lazo puede ser el viaje, ya sea espiritual o material, una conexión que podríamos llamar épica entre Homero y Dante). ¿No sería más justo, razonable y sincero afirmar que están en el más alto nivel del arte literario y que ninguno está por encima de los demás?

Con cada línea que leo del prólogo –todas semejantes a las de arriba– más me convenzo de que por gente como Bloom hay quienes desprecian a Shakespeare sin motivo, así que dudo del favor que le pueda hacer al dramaturgo. Leamos unas cuantas líneas más:

«Cuando se le preguntó a James Joyce qué libro llevaría a una isla desierta contestó lo siguiente: “Quisiera responder que Dante, pero tendría que llevar al Inglés, porque es más suculento”. El sesgo antiinglés del Joyce irlandés no se ha dejado de lado, pero su elección de Shakespeare es justa, razón por la cual él encabeza a los cien personajes de este libro. Aunque hay unos cuantos genios literarios que se acercan a Shakespeare –el Yavista, Homero, Platón, Dante, Chaucer, Cervantes, Molière, Goethe, Tolstoi, Dickens, Proust, Joyce–, ni siquiera esta docena de maestros logran estar a la altura de la milagrosa representación de la realidad que logra Shakespeare. Gracias a Shakespeare vemos lo que de otra manera no podríamos ver, porque él nos ha hecho diferentes. Dante, el rival más cercano, nos convence de la terrible realidad de su Infierno y de su Purgatorio y casi nos induce a aceptar su Paraíso. Pero ni siquiera el más completo de los personajes de la Divina comedia, Dante el poetaperegrino, logra cruzar de las páginas de comedia al mundo que habitamos, como lo hacen Falstaff, Hamlet, Yago, Macbeth, Lear y Cleopatra».

Antes he dicho que entre Dante y Shakespeare no podemos hacer comparaciones, pero me equivocaba; sí podemos hacer una: en cuanto al dominio del lenguaje, en cuanto a construcción y arquitectura, al diseño de sus obras, a erudición, Dante arrasa con Shakespeare sin discusión, y ni siquiera están precisamente cercanos en ese sentido. Los personajes de Shakespeare no son tan colosales como dice Bloom, ni mucho menos. Son ambiguos y amplios, sí; sin embargo no hay que olvidar que no se puede conseguir una profundidad psicológica tan honda como en una novela –no digamos una de Tolstoi– simplemente porque las obras de Shakespeare no tienen la complejidad argumental, ni poseen una peripecia tan amplia para los personajes en la que puedan desarrollar su carácter y enfrentarse a diferentes vicisitudes y complicaciones para conocerlos en toda su extensión. La poesía lírica y el teatro tienen distintas armas que la novela; los méritos de la una no son las fortalezas de los otros. Por tanto es un insulto y una temeridad decir, además de forma tan tajante, que Shakespeare es un novelista, o sugerir que tenía gran potencial de novelista, superior a Tolstoi o Cervantes.

Otra perla:

«Shakespeare, el genio supremo, es de una especie diferente a la de sus contemporáneos, incluidos Christopher Marlowe y Ben Jonson. Cervantes no está en la misma categoría que Lope de Vega y Calderón. Hay algo en Shakespeare y en Cervantes, y también en Dante, Montaigne, Milton y Proust (para no dar más que unos cuantos ejemplos), que pertenece a su época a la vez que la sobrepasa».

Siempre se pronuncia sobre la opinión de todos los escritores que alguna vez escribieron o hablaron sobre Shakespeare. No concibe que algunos no soporten a Shakespeare o le pongan reparos; si lo hicieron, los disculpa condescendientemente o los censura, o los define como extravagantes o como celosos del genio del bardo; porque claro, Bloom es el más lúcido y agudo de todos ellos. Agrego otra cosa: Cervantes sí está en la misma categoría que Calderón, Lope es inferior a ambos, y Marlowe no tiene nada que envidiarle a Shakespeare en no pocos aspectos de su obra.

Centrémonos ahora en algunas afirmaciones sobre egregios escritores:

«La narrativa de Tolstoi es sorprendentemente rica; la de Shakespeare lo es más aún. El rey Lear enfurecía a Tolstoi, quien la consideraba inmoral. Falstaff era la única creación shakesperiana que le interesaba a Tolstoi. Estas son las reacciones de un genio enfrentado a otro y que no estamos en capacidad de juzgar, si bien siempre podemos aprender de Tolstoi, en particular cuando se equivoca escandalosamente».

[…]

«Keats fue el genio de la aceptación trágica, posición que compartió con Shakespeare […]»

¿Un genio de la aceptación trágica? No sé a qué se refiere. Continuemos:

«Si dejamos de lado a Shakespeare –de quien no sabemos prácticamente nada importante– podríamos pensar que Keats fue el más sano y el más normativo de los grandes poetas. De sus contemporáneos, Blake y Shelley eran profetas, Wordsworth, un egoísta sublime, Coleridge, un depresivo, y Byron, una veleta sexual: incestuoso, sadomasoquista, sodomita reconocido con ambos géneros y ansioso por perderse en la heroica muerte que encontró en Grecia».

[…]

«El secreto de Montaigne, al menos para sus lectores masculinos, es su universalidad. Emerson, quien como ensayista fue discípulo de Montaigne, exaltó a su antecesor como “el más franco y el más honrado de los escritores”. T.S. Eliot, a quien le disgustaba Montaigne, explicaba el poder del ensayista por su capacidad de articular un escepticismo universal. Y sin embargo es posible que tanto Emerson como Eliot, el admirador y el detractor, se hayan equivocado en su apreciación de la universalidad de Montaigne. El escepticismo no es el corazón del genio de Montaigne, como no lo es del de Hamlet, quien claramente milita en las filas del ensayista francés. Montaigne es un cómico carismático, un genio de la personalidad, y Shakespeare, acicateado por la lectura de los Ensayos, creó el lado festivo de Hamlet a su imagen y semejanza».

Acerca de Montaigne, a Bloom le conviene alterar el mensaje o significado de los Ensayos para conceder a Shakespeare el mérito de verse influido por –y trascender a– Montaigne. No veo la semejanza que descubrió Bloom. ¿A quién creemos, quién acierta, Emerson y Eliot o Bloom? Para Bloom, Tolstoi, junto a Cervantes, es el novelista más grande de todos y el mejor narrador de historias… a excepción de Shakespeare. Dante y Homero los poetas supremos, junto con Shakespeare, no nos olvidemos; Samuel Johnson el crítico más penetrante de todos (crítico muy capaz, aunque no tan genial, pero Bloom lo alaba porque éste idolatraba a Shakespeare también), ¡salvo Shakespeare!, por supuesto. ¿Su argumento a favor del Bardo? La conversación de Hamlet con los actores que contrata para perturbar a su tío Claudio. Ibsen y Molière son los dramaturgos más brillantes si dejamos de lado a ¿adivinan quién?

Leer estas flatulencias intelectuales de fanático es repugnante. Lo que realmente me molesta es que Bloom no es ningún estúpido, y varias de sus percepciones aquí y allá son muy precisas y atinadas. Es su fanatismo loco – ¿qué fanatismo no lo es? – por Shakespeare lo que le ciega. Es más, todo su sistema crítico está construido con los cimientos de su admiración desbocada hacia Shakespeare. Así no se puede esperar nada bueno y coherente.

«Tratar de definir el genio de Tolstoi es una empresa absurda. Era tan exuberante y fecundo como Balzac y Hugo, pero sin una pizca de su conciencia de sí y de su extravagancia. Sus juicios acerca de la literatura son más desconcertantes que ofensivos. Denuncia a Shakespeare, particularmente a El rey Lear, pero acepta a Falstaff porque este agudo ingenio “no habla como un actor”. En el fondo entendía que Shakespeare era su verdadero rival como novelista. Cada vez me resulta más claro que las dos partes de Enrique IV, consideradas juntas, constituyen una novela de novelas».

Esto es absolutamente falso, salvo por lo referente a los muy severos juicios morales de Tolstoi, de los que tampoco yo soy demasiado admirador. Las herramientas narrativas de Shakespeare son muy precarias, tanto más si partimos de que el teatro, por naturaleza, no es un discurso narrativo como una novela, sino un patrón, un guión que se representa en un escenario: el vestuario, la decoración, los diálogos, la declamación de los actores, sus interpretaciones, son la causa y la consecuencia de la acción. La figura del narrador de una obra narrativa está ausente aquí. Existen, qué duda cabe, unos desencadenantes de la acción, pero por fuerza son mucho más simples, escuetos y rápidos que los de una novela o un relato. No hay un solo capítulo en que no nombre a Shakespeare, ni uno solo. ¿Pero qué podemos apreciar si leemos atentamente la obra de Shakespeare?, ¿qué se deduce de ella? ¿Era un genio? Creo que es obvio que lo era. Su baza más poderosa es su faceta como versificador: el Bardo era un excepcional artista lírico, muy bueno, con una habilidad para la musicalidad y la ornamentación de la lengua impresionante; no obstante hay otros a su altura o superiores a él. Sin salirnos de Inglaterra podríamos nombrar a Oscar Wilde, Keats, William Blake, Shelley, Spencer, Robert Browning o Chaucer. Fue un gran hombre de teatro sin ser un gran técnico o un insigne erudito del lenguaje como su contemporáneo Christopher Marlowe, pero es cierto que tenía una asombrosa intuición sobre los efectos dramáticos para provocar un estado de ánimo en el espectador; en sus entreverados versos para la escena hay bocanadas de genialidad. Y otra vez hay que añadir que, no obstante lo dicho, hay otros a su altura o superiores a él, como podrían ser Goethe, Molière, Calderón, Sófocles o Esquilo.

Un último párrafo, lo prometo:

«Milton, obsesionado con Shakespeare, consideró alguna vez la posibilidad de un Macbeth pero lo pensó mejor. El género salvó a El paraíso perdido y a Samson Agonistes [Sansón agonista] –dramáticos tan sólo en el teatro de la mente– de un enfrentamiento con Shakespeare, y de allí surge su fortaleza. Sobre el Satanás de Milton pende la sombra de Yago y sin embargo Milton lucha por liberarse para poder participar a Satanás de su genio particular».

¿Qué obra leyó Bloom? No veo la más mínima coincidencia entre Yago y el Satanás de Milton. Eso sí, hay que reconocer que se debe ser muy imaginativo –o un retorcido– para ver las similitudes. ¿Quieren leer un ensayo mucho más ajustado a la realidad sobre los genios literarios dedicado a Shakespeare? Lean el William Shakespeare de Victor Hugo –al cual pone peros el bueno de Harold–, ensayo magistral, vivificante, balsámico, enternecedor y además muy bello.

Bloom aseguró que las universidades son desiertos intelectuales, con lo cual estoy de acuerdo; la prueba es que él impartía clases en una de ellas. Toda su obra crítica no es más que una apología demasiado extensa de Shakespeare y demás poetas ingleses y norteamericanos. Con un opúsculo hubiese sido más que suficiente.

6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Extenso artículo… Me ha gustado mucho.

    Por partes: lo de Bloom con Shakespeare es, era, obsesión absoluta. No dijo que era el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos, o el mejor cocinero, porque se sintió generoso.

    No conozco el libro de Víctor Hugo, aunque si puedo lo remediaré. Ahora bien, a mí Shakespeare me parece un autor muy sobrevalorado. Estoy totalmente de acuerdo con Tolstoi en su famosa invectiva contra el puñetero bardo de Avon. Realmente comparar a un autor de teatro del Renacimiento inglés, por muy mítico que sea, con un novelista del siglo XIX, es cuanto menos aventurado, ambicioso y reprochable. Pero así era Bloom.

    Shakespeare fue un inventor lingüístico (en una época en la que la lengua inglesa estaba en formación) muy notable, y un versificador, como tú dices, de altura, pero no es un gran literato, ni un gran autor de teatro. Siento rechazo hacia la mayoría de sus obras. Totalmente de acuerdo en lo de Dante: Shakespeare no tiene nada que hacer con él en cuanto a ingenio y cultura. Es un enano frente a un gigante.

    Pero es que Bloom también era un crítico espantosamente sobrevalorado. Alguien, probablemente él mismo, decidió que era el crítico más importante del mundo, y cualquiera dice lo contrario. Era un hombre de una cultura colosal, eso nadie lo puede negar, pero tenía grandes lagunas, pues sólo leía inglés, y un poco de otros idiomas (muy poco), y como analista es muy mediocre. No da argumentos, es asombrosamente tendencioso, es arrogante, es soberbio, tiene algunas conclusiones, muchas, que no hay por donde cogerlas… En fin, es lo que hay.

    No se puede comparar el drama con la novela, jamás. Como mucho el cuento con la novela, porque ambas son prosa, y aún así lo veo complicado.

    Un gran trabajo, amigo, enhorabuena por el texto!

    Saludos!

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    1. ¡¡Muchas gracias, compañero!! Y a mí me ha gustado mucho tu comentario; así da gusto que aporten a lo que escribes.
      Sí, Shakespeare está muy sobrevalorado, sin duda. Me pasa con él, con su teatro sobre todo, que no sé si estoy leyendo algo excelso o muy estúpido. Hace unos años lo detestaba y ahora parece que lo amo más, aunque mi aprecio hacia él es como un péndulo que no para de oscilar.
      Sobre la invectiva de Tolstói, la he leído y es muy inteligente y certera, y estoy de acuerdo prácticamente en todo con ella.
      Totalmente de acuerdo con lo que dices sobre Bloom y sus lagunas.
      Muchas gracias por leerme!!

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    2. Adrián, tengo curiosidad por una cosa que has escrito en tu comentario: ¿qué características tendría, en tu opinión, un gran literato? Es algo que me interesa mucho.

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      1. Puff, vaya pregunta. Eso es tema de un artículo entero, no tanto de un comentario.

        De un gran literato espero una gran carrera literaria, que ofrezca un trabajo extraordinario tras otro, que marque una època, que sea influyente, que tenga un mundo y estilo propios.

        Que sus criaturas estén vivas, que sea conceptualmente coherente, que jamás se venda, que su vida sea su obra y viceversa, que su prosa sea música, y un montón de cosas más…

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      2. Me ha gustado la respuesta. Estaré esperando por el artículo.
        Gracias, un abrazo!!!

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