Sobre los animales

Redactado por: Javier Gallego Alonso.

Thomas Hobbes escribió: «El hombre es lobo para el hombre» (homo homini lupus). Todos sabemos qué quiso decir Hobbes, y en el fondo tiene razón; sin embargo su desprecio hacia un animal tan noble como el lobo me asquea, y es esa condescendencia del hombre para con el animal lo que denota su vileza.

El hombre proyecta su mezquindad, sus pecados o como quiera llamárseles hacia determinados animales: la lujuria a la pantera, la gula al cerdo, la codicia y la envidia al lobo, la soberbia al león (así se le asigna en los bestiarios medievales, por ejemplo), la ira a los osos, la traición a la serpiente, abundante ésta en toda la literatura cristiana. Cristo, sin ir más lejos, vitupera de esta forma en los Evangelios: «raza de víboras y sepulcros blanqueados». Las tres religiones semíticas son despreciables en su actitud hacia los animales… Incluso a los perros se les desprecia por serviles y rastreros, igual que a los zorros por arteros. ¿Y la actitud con el resto de animales, que es la gran mayoría? Absoluta indiferencia.

No hay que confundirse: en ningún animal fulguran estos pecados; es en el hombre en quien brillan. Sin el hombre esos pecados no existirían, son inherentes a él; es él quien los extendió por el mundo sin ayuda de otra cosa salvo de su propia voluntad. Me parece el infierno cristiano una parodia inane y vacua comparada con la realidad espantosa que es el mundo, especialmente el mundo desde el punto de vista del hombre. Quienes podrían atestiguar lo que digo son los animales. Son ellos los que sufren los tormentos que nosotros, sus demonios, les infligimos. Pero hay una gran diferencia entre nuestro infierno cristiano y el suyo: ellos son totalmente inocentes; nosotros no. ¿Por qué? Ellos no dañan por el placer de hacer sufrir a otra criatura; nosotros sí.

Se le atribuye a Leonardo da Vinci esta frase: «El hombre es el rey de los animales, pues su brutalidad supera la de éstos». Desconozco si es apócrifa o no, pero sí estoy seguro de que es una verdad insoslayable. Ya va siendo hora de que nos demos cuenta de que los animales merecen ser libres, de que merecen habitar este mundo sin ser sojuzgados, de que no nos pertenecen ni han sido creados para servirnos, de que merecen exactamente nuestros mismos derechos, de que no tenemos ningún derecho para encerrarlos en zoos y en acuarios, de que sienten lo mismo que nosotros: miedo, alegría, dolor, cariño, placer, tedio…

Espero que no pase mucho tiempo antes de caérsenos la venda de los ojos que nos impide ver lo siguiente: las mayores carnicerías, los mayores atropellos y matanzas, los grandes genocidios y holocaustos de nuestra historia los han sufrido los animales, no nosotros. ¿No se lo creen? Los mayores campos de concentración en el mundo son los matadores de animales y las grandes superficies de explotación ganadera. Es un hecho innegable.

Ha habido muy pocos hombres, no digamos religiones, políticas, ideologías de cualquier clase, que respetasen verdaderamente a los animales. Nuestra ceguera es histórica; los grandes espíritus que han alzado su voz en aras de despejar tal ceguera, también: Empédocles, Porfirio (el filósofo griego), Pitágoras, Platón, Plutarco, Plotino, Schopenhauer, Shelley, Darwin, Ibsen, Thoreau, Tolstoi, C. S. Lewis, Fernando Vallejo…, estos grandes hombres, siendo categórico, son una de las poquísimas razones por las que aún deposito alguna esperanza en el ser humano. La reivindicación de la dignidad para los animales, la indignación ante y la condena por los crímenes hacia ellos es casi tan antigua como dichos crímenes. Es decir, no es una moda actual el hablar en favor de los animales como si fuesen nuestros iguales –lo cual son–; hay una ética profunda y noble detrás de esto que defendieron algunas de las más grandes mentes que ha dado la humanidad en toda su historia. Hoy en día existen varios organismos y colectivos que intentan proteger a los animales; unos pocos son nobles, y otros muchos son intolerables, y lo son porque quieren controlar las matanzas, no por los animales en sí mismos, sino por los beneficios a posteriori que tendríamos los humanos. No veo nada digno en esto último; ¿pragmático?, puede, ¿digno?, jamás.

Lo que subyace aquí, en todas las aberraciones perpetradas hacia los animales, es que el hombre será una criatura sin redención posible, absolutamente miserable, despreciable y condenada, hasta que empiece de una maldita vez a respetar el planeta en que vive, junto a todas las criaturas que lo habitan. Tal vez, si eso llega a suceder, una voz le susurre al oído: Ego te absolvo, y quizá, sólo quizá, añada: «ahí tienes, por fin, las puertas del Elíseo».

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