Los límites del arte

Redactado por: Javier Gallego Alonso.

Hará casi un mes descubrí el muy estimable programa de radio ‘Todopoderosos’, del cual, lo reconozco, no sabía nada, siendo yo un ignorante en temas radiofónicos o de podcasts. Escuchando el segundo de sus episodios dedicados a David Fincher, Juan Gómez-Jurado soltó una peregrina afirmación que me hizo pensar sobre un tema al que regreso continuamente: la totalidad, la unidad, la perfección en una obra de arte.

Gómez-Jurado, hablando sobre Stieg Larsson –autor de la saga Milennium, de la cual no he leído una sola novela–, comentaba que dichas novelas se publicaron póstumamente, sin editar en vida del autor, y que debido a esto no están acabadas o pulidas. A la primera de ellas –la mejor de todas según su dudoso criterio– le sobraban, a su juicio, unas cien páginas, siendo necesario un editor que aconsejase una expurgación de la novela, lo cual ya es obviamente imposible debido al fallecimiento del escritor.

Tras escuchar este discursito podemos darnos cuenta de que hasta los estultos –ignoro hasta qué punto es un personaje que interpreta en el programa o si él es así realmente, aunque sospecho que sí lo debe de ser– nos son de ayuda, pues nos pueden hacer seguir el camino adecuado simplemente por evitar el que ellos transitan; su punto de vista espurio nos puede facilitar en gran medida la conformación de nuestro propio criterio, mucho más cabal que el suyo. Y dicho esto, ¿qué criterio utiliza este escritor –escritor por decir algo– para sentenciar que a dicha novela le sobran cien páginas? Nadie lo sabe. Podría haber dicho que, desde el punto de vista narrativo y estructural, la narración se resiente mucho en su ritmo y tono; que la prosa es torpe y desmañada en comparación con el resto de la novela, o incluso que el efecto que desea conseguir en el lector se diluye en esas infaustas páginas. Puedo entender perfectamente estas objeciones, constituirían una crítica perfectamente válida a la estructura de una obra narrativa. Sin embargo no me parece demasiado acertado, ni tampoco noble, hablar de qué falta o qué sobra en una obra de arte. Y me parece en cierta manera un esfuerzo fútil porque se tiende a juzgar en base a qué le gusta a uno, a cómo lo haría uno, como si el gusto personal fuese un buen árbitro para algo.

En una obra de arte es absurdo hablar de perfección porque nada lo es en función del baremo que utilizamos para ponderar una cosa. Si juzgamos con respecto a una supuesta perfección artística a priori, corremos el riesgo de apreciar una obra con criterios externos a la naturaleza de la misma, lo que es un sinsentido. No se pueden medir varias obras de arte con las mismas herramientas. Según mi nada humilde opinión, cada obra de arte sigue unas reglas particulares, tanto en su expresividad, coherencia interna, en sus escollos y recodos, así como en los retos intelectuales que nos brinda.

Una obra artística es perfecta únicamente si es bella –bella en el más amplio de los sentidos, como lo usaban Pater o Wilde–; si sus partes han surgido de una forma orgánica acorde con la sensibilidad del artista, es decir si éste ha sido sincero consigo mismo y consecuente con los logros estéticos que pretendía alcanzar. Si una obra está constituida de cierta manera es porque el artista, según su criterio y ciertas circunstancias, ha decidido que así sea –bien por tomar ciertas decisiones gracias a recomendaciones, bien por propia autocrítica–, el resultado es así porque así debía ser. Otra cuestión a debatir sería la mutilación de obras, la imposición o coacción al artista, de lo cual no puede afirmarse que la obra resultante sea pura, entendiendo pura como que cuenta con el total beneplácito de su creador. Lo dicho se puede aplicar a cualquier disciplina o manifestación artística… aunque también es verdad que casi nada es puro en este mundo.

Volviendo al tema que estábamos tratando, hace poco leí una desfachatez de artículo, escrito por una desfachatez de escritora y periodista –en concreto Rosa Montero para el diario ‘El País’–, sobre la catedralicia, ciclópea, colosal novela de Thomas Mann ‘La Montaña Mágica’. En el artículo, la penosa escritora, de la misma calaña que Javier Marías, Almudena Grandes, Elvira Lindo o Antonio Muñoz Molina, desarrollaba un alegato a favor de saltarse páginas de los libros considerados clásicos, por ser ciertos pasajes demasiado cargantes y tediosos, a lo cual renunciamos por nuestra veneración y respeto desmedidos hacia estas obras. Leyendo el artículo se comprende qué es lo que Rosa Montero entiende por tedioso: lo que aburre a todo el mundo, o considera pedante porque, siempre según esta gente, no aporta nada al desarrollo de los acontecimientos considerados indispensables en una narración.

Quien suscriba el artículo de Montero es un lector vago, indulgente y estúpido, de muy baja ralea. Si verdaderamente se lee la grandiosa obra de Mann –una novela que rivaliza en erudición, en profundidad metafísica y psicológica, y en su poderosa prosa con cualesquiera de las más excelsas novelas jamás escritas– sin prejuicios, no es muy difícil percibir que todos esos fragmentos tan densos están en total consonancia con el punto de vista de Hans Castorp, con su catarsis emocional e intelectual; que son resonancias de la evolución de su enfermedad y su concepción de la muerte, además de un reflejo de la atmósfera que impregna el sanatorio que tan magistralmente describe el genio alemán a modo de gran metáfora. Son estos esfuerzos tachados de pedantes los que hacen progresar el arte, ni más ni menos.

Todo este «sobra o falta» me parece de una egolatría, de una estupidez tan cercana a la soberbia, que me deja atónito. Pero ¿de qué me sorprendo? A fin de cuentas, a la gente le quitas su serie de ritmo vertiginoso de la que demanda capítulo tras capítulo historias entretenidas para con sus personajes, para ver qué les ocurre –como quien cotillea de sus vecinos o compañeros de trabajo–; le ofreces un producto más poético y contemplativo, y se pone muy nerviosa.

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