El pródigo demiurgo

Redactado por: Javier Gallego Alonso.

Un maestro pintor, conocido en su tierra por ser el más grande en su arte, sintió que era el momento de crear su mejor obra. El pintor quería reunir las más grandes y también las más despreciables cualidades del Hombre en una única pintura; así que, con enorme denuedo, buscó durante muchos años a un modelo que le inspirase para pintar la Grandeza del Hombre.

Al comienzo de su búsqueda se dijo: «Buscaré en los monasterios. Allí se refugian las almas dedicadas a la gloria de nuestro Señor. ¿Dónde podría encontrar un hombre más digno de mi obra que en uno de esos lugares?» Pero no encontró, de entre todos los monjes que se dignaron a atenderle, ninguno que poseyese un alma que le inspirase confianza.

Al no hallar nada en los monasterios, decidió buscar en las poderosas ciudades; monumentos para gloria del Hombre y su afán de conquista y triunfo; lugares en los que la ambición, la competición, la filosofía, la política y los grandes nombres de héroes caídos innumerables años antes se recuerdan en sus calles. Con gran sorpresa, tampoco descubrió allí ni una sola alma cándida. Así que pensó: «Iré al campo; sí, allí iré. ¿Dónde podría encontrar un modelo más digno? Sus moradores están rodeados de las maravillas de la Naturaleza, que los bendice con sus frutos y con la vitalidad del Sol; y poseen la inmensa fortuna de estar más próximos a la luna y las estrellas que cualquier hijo de Dios. Sí, en algún lugar del campo debe de estar el modelo que necesito.» Pero no dio con alma alguna que le transmitiera ternura.

Ante este fracaso, el pintor vivió frustrado mucho tiempo, viendo cómo sus años de juventud se escapaban lentamente, al igual que los granos de arena se escabullen de las manos de quien intenta retenerlos. Su vida se convirtió en algo tortuoso y esquivo: lo que antes era decisión, convencimiento y claridad, se tornó en sombras y preguntas sin respuesta. Se acabó el danzar al son de liras por el jardín de las primaveras; se terminó el caminar por suaves praderas adoquinadas de césped aterciopelado, tomando en su lugar senderos de tierra y grava, ceniza y espinas, con el eco de voces burlonas vituperando sus pensamientos. El vino que siempre saciaba su sed de placer se transformó en saladas lágrimas, ya que las propias lágrimas son lo único que calma –aunque nunca mata– la sed que procura el dolor.

Cuando decidió regresar a su hogar, resignado por sucumbir ante las leyes del tiempo y no poder comenzar su obra, se abandonó a la divagación más de lo debido y se desvío de su ruta, llegando a parar ante una gran gruta, que resultó ser un refugio habitado por un ermitaño. Era un muchacho de gran vitalidad, tenía bellísimos cabellos esmaltados de oro y labios muy rojos y arqueados. Al pintor le indignó el hecho de que ese hermoso muchacho, cuya efigie parecía cincelada por alguien que hubiese tenido el honor de tomar a los ángeles como modelo, y que por tanto merecía ser admirado por su prójimo, se encontrase al margen del mundo del Hombre: de las miradas que ejercen de jueces, del ajetreo y el bullicio, de la vida contemplativa, el ocio y la envidia, del reconocimiento de los pupilos a sus inmortales maestros, de las enormes pérdidas y escasas ganancias en juegos extraños; en suma, del mundo de las sensaciones, las emociones y las experiencias enriquecedoras y envilecedoras del espíritu. El ermitaño jugaba con un lobo, riéndose como un niño feliz y despreocupado; su risa era esa la risa sincera que únicamente el don de la inocencia concede, y que tan pronto el Hombre olvida y malvende. En sus ojos, bellos como perlas de un color cerúleo, igual que la superficie tranquila de un mar calmado, encontró el pintor lo que durante años le había sido esquivo; intuyó, como quien conoce a su primer gran amor –creyendo también que será el último–, una oportunidad única que no podía abandonar.

Decidió el maestro acoger al eremita en su casa. Le enseñó a hablar correctamente, a leer y a escribir, las costumbres del Hombre y la palabra del Cielo. Durante todo ese tiempo, durante esos años compartidos, el artista había pintado las virtudes del Hombre, tomando al muchacho como modelo, sin comunicarle su propósito; todo ese tiempo supuso para el pintor una dulce ocupación que nunca deseaba apurar. Cuando hubo terminado, le dijo a su protegido que era el momento de abrazar la vida que siempre había merecido, le ofreció una bolsa con monedas de plata y le permitió marcharse. Sentía verdadera felicidad por el prometedor futuro de su compañero; en cuanto la imagen de éste aparecía en su mente, se felicitaba gozosamente, puesto que él, según creía, había contribuido positivamente para con ese destino.

Ya en el otoño de sus días, el maestro dedicó largos años a la búsqueda de otro modelo al que reflejar en su obra. El dolor que tiempo atrás había sentido se marchó de su casa junto con el muchacho. Para el cumplimiento de su propósito, el anciano pintor estaba más decidido que nunca: la vitalidad de sus años de juventud no se había extinguido, como sí lo hicieron las dudas y el miedo que una vez casi lograron consumirlo. El tiempo se encargó de curar las heridas provocadas por ese sufrimiento, mientras la memoria se había ocupado de borrar las cicatrices. El pintor alcanzó a vislumbrar su destino, al igual que el peregrino que se asoma con veneración a un claro solitario en medio de un denso bosque; un lugar puro, incólume, intacto, como si la maleza lo respetara por sagrado decreto.

Buscó entonces por todos los lugares malditos de la Tierra: en las tabernas, los prostíbulos, entre vagabundos y leprosos… Pero no encontró lo que ansiaba: un hombre con el corazón petrificado y que hubiese perdido la virtud de la compasión; alguien capaz de sacrificar una amistad por un capricho, alguien incapaz de sentir piedad, destinado a padecer el frío implacable del último círculo del infierno, reservado a aquellos que venden a quienes son bondadosos con ellos.

Se dio cuenta el pintor de que no había buscado en el lugar reservado a los condenados en la vida terrena. Se dijo:«Iré a las prisiones. Allí esperan su castigo los que se han convertido en pecadores, aquellos que han matado, robado, ultrajado, y han sido repudiados por sus semejantes; los que han vuelto amarga la sangre del Redentor y han vertido pecado en el cáliz de la vida, y no merecen el perdón del Señor. Si, allí estará el hombre que me hace falta».

Habiendo recorrido una infinidad de prisiones, llegó a parar a una en la que un recluso le atrajo más que ningún otro de cuantos había visto. Era un reo condenado a muerte. En sus ojos pudo ver inmediatamente dos ventanas que traslucían rabia, impotencia, desilusión… y un sufrimiento atroz. Así que, henchido de anhelo, consiguió que ese preso posara ante él bajo escolta durante meses. El gran pintor estaba lleno de gozo por haberle ganado la partida a la muerte y ver acabada su obra magna.

En el instante en que hubo dado su último trazo, estando el reo encadenado frente a él, dio orden de que se lo llevaran sin apartar su vista del lienzo. En ese momento sólo escuchaba con gran impaciencia al preso arrastrar sus pies, a la vez que el punzante y agudo sonido de sus cadenas. El reo caminó lentamente hacia sus vigilantes, como una fiera desdentada y privada de su libertad, acercándose a su adiestrador, y que ha perdido las ganas de vivir. El pintor, por su parte, quería quedarse a solas con sus pensamientos, disfrutando con la excitación que proporciona la creación, la expresión por medio de la Belleza, el sabor inconfundible del éxito. Cuando los guardias agarraron al condenado, éste se zafó de ellos y, cayendo a los pies del pintor, gritó:

— ¿Es que no me recuerda, maestro?

El pintor lo miró cuidadosamente y dijo:

—No te he visto en toda mi vida excepto aquí y en prisión.

El condenado comenzó a llorar como un niño abandonado y perdido, se encomendó a Dios y exclamó:

—Soy el mismo hombre que acogió hace años y retrató en esa obra.

Licencia de Creative Commons
El pródigo demiurgo by Javier Gallego Alonso is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en https://rostrosinmascara.wordpress.com/2019/11/01/el-prodigo-demiurgo/.

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