Sobre listos e inteligentes

Redactado por: Javier Gallego Alonso.

No hay cosa que haga más daño a una nación como el que la gente astuta pase por inteligente.

— Francis Bacon

En ocasiones, el lenguaje y los conceptos a él asociados son fundamentales, vitales para poder expresarse correctamente. En realidad siempre son importantes, pero hay casos en que llaman más la atención que en otros; a mí me ocurre con los términos –o expresiones– «ser listo» y «ser inteligente». Actualmente parece que estas expresiones son, si no sinónimas, al menos muy parecidas, cuando, al menos para mí, no pueden ser más distintas.

A veces la etimología puede ser de gran ayuda, aunque sólo sea para saber en qué dirección hemos de enfocar el discurso de nuestro razonamiento. Así que, primeramente, vamos a analizar escuetamente las palabras «inteligente» y «listo».

Listo es una palabra cuyo origen es incierto. Yo creo que ser listo puede equivaler a ser astuto o tener astucia; me parece que se tiende a usar este término en ocasiones en las que se requiere de dicha facultad. Astuto deriva del latín astutus, que significa hábil de mente, incluyendo la trampa y el engaño; y astucia proviene de astus (agudeza mental o trampa).

Vamos ahora con la inteligencia. La palabra proviene del latín inteligereinte (capacidad), y ligere (escoger, adaptar). En la Edad Media, siempre envuelto en el velo de la escolástica, el término evolucionaría a intelligentia, que vendría a ser comprensión, en un sentido amplísimo y elevado; la cualidad intuitiva de la mente para la contemplación de la belleza suprema.

Aquí ya podemos notar una diferencia –sutil, pero ahí está– entre las dos palabras. En la inteligencia no encontramos por ningún lado el engaño o la trampa de la astucia. Pareciera que hay una diferencia, no sólo en el proceso pensamiento-acción, también en la esfera moral.

¿He dedicado varias líneas a esta somera y vaga explicación porque considero que existe una diferencia ética y cualitativa entre los dos conceptos? Por supuesto que sí; y voy a intentar explicarme.

Busquemos una última referencia en la masa, la muchedumbre, el pueblo llano o como demonios queramos llamarle. Una de sus principales –y más útiles– características es que casi siempre, de forma prácticamente inexorable, se equivoca. En España –y en cualquier país de lengua latina, dicho sea de paso– se prefiere, o es más admirado, más aplaudido, el pillo que el intelectual (algo que me recuerda a ciertas cosas a su vez muy ciertas que Valle-Inclán afirmó sobre este país). Al pícaro, al pillo, lo define su astucia, ser  buen tramador de argucias, «ser más listo» que los demás. Los filisteos siempre prefieren lo más vulgar, lo menos elevado, y en este tema han vuelto a elegir adecuadamente.

Aquí va lo que yo pienso: el listo es básicamente un arribista, y el inteligente puede ser un artista –aunque no siempre– o un filósofo, por ejemplo. Con esto quiero decir que los esfuerzos de los dos se centran en esferas distintas: el primero en la esfera práctica, y el segundo en la del pensamiento.

¿Sitúo por encima al inteligente del listo? Evidentemente. El listo es quien consigue medrar en la sociedad, independientemente de cómo sea esa sociedad; no cuestiona el funcionamiento de las cosas o cómo se producen, simplemente las da por hechas y les saca todo el provecho que puede; no hace un trabajo de introspección ni se esfuerza por conocerse a sí mismo. Es más: puede negarse totalmente como individuo únicamente por trascender en la esfera social. Estas personas sólo miran hacia afuera, hacia el exterior; son peones de una maquinaria que no rebaten. No obstante, no se les debe quitar su mérito: quieren, y muchas veces consiguen, ser los individuos más exitosos de su entorno según los cánones sociales. Sus metas coinciden frecuentemente con la obtención de riqueza y poder; efímeros y fútiles, sí, pero algo es algo. Debo decir que no me parecen poderosas razones dignas de admirar… El inteligente, hoy día, es más introspectivo; suele ser más infeliz porque, al afirmarse en su individualidad y querer ser entendido, sólo encuentra decepción allá donde busca comprensión. El inteligente tiene una mente poderosa, y suele cuestionar y entender perfectamente la naturaleza humana y la sociedad en la que le toca vivir, además de preguntarse quién es, y qué es como hombre. Por supuesto, todo esto no le ayuda a ser alguien exitoso, lo cual se debe a causas diversas que no son relevantes para este artículo.

La genial pensadora Hannah Arendt define muy bien al listo y al inteligente. Para ella, el inteligente es el paria, el outsider, y el listo es el porvenu (arribista en un sentido tan amplio que no se limita al mero escalo social).

Esta conocida cita de Schopenhauer describe perfectamente a quien sólo es listo: «Cuanto más vulgar es el hombre, menos enigmático le parece el mundo, todo lo que existe y tal como existe le parece que se explica por sí solo, porque su inteligencia no ha rebasado aún la misión de servir a la voluntad en calidad de mediadora de motivos». El resumen sería: alguien puede ser astuto –o listo– e idiota, pero nunca inteligente e idiota.

La diferencia fundamental, en mi opinión, es que el inteligente es más libre que el listo. Éste depende totalmente de lo externo; aquél también depende de ello, pero no enteramente, ya que es más dueño de sí mismo. Me atrevería a decir que, espiritualmente, el abismo entre ambos es absolutamente insalvable.

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