Walter Pater, el gran ensayista estético

Redactado por: Javier Gallego Alonso.

Walter Pater quizás no sea un nombre muy conocido en este país, aunque debiera serlo. Además de ser uno de los mayores precursores del movimiento esteta y una de las personalidades que más influirían sobre genios de la talla de Oscar Wilde, Pater fue un portentoso crítico de arte, con una sensibilidad y una intuición artísticas que muy pocos han tenido, tanto en su siglo como en los dos ulteriores. Por eso me apetece decir algo breve sobre él.

Este gran pensador fue uno de esos excepcionales individuos que parecen venir desde otro tiempo, o que han nacido en la época equivocada, y que, con su gran capacidad intuitiva, asimilan el espíritu de esa época e intentan reconciliarlo con el de la época que les toca vivir. Pater supo entender perfectamente la mentalidad renacentista, a espíritus posteriores al Renacimiento y afines al suyo como Winckelmann o Goethe; sus ensayos —o bocetos muy sutiles, más bien— sobre artistas renacentistas como Leonardo o Botticelli, son los mejores que he leído hasta la fecha.

Pero lo que más importa —al menos a mí— en su pensamiento es la continua búsqueda de la belleza, que, para él y para muchos de quienes lo admiramos, se encuentra en mayor grado en el Arte. Al igual que los renacentistas en su tiempo, Pater intentó reconciliar de alguna manera el paganismo y el cristianismo (en el que fue criado y para con el que sería un escéptico toda su vida), ya que ambas corrientes religiosas han sido, en gran medida, causas de los más poderosos cimientos del pensamiento y el Arte occidentales; ambos se erigen como las grandes corrientes subterráneas que han cultivado la imaginación y el desarrollo del Arte europeo.

Leyendo su libro titulado El Renacimiento (1888),obra que en vida de Pater conoció tres ediciones y que su autor modificó continuamente —ya que para él era importante hacerse entender bien en esta obra—, se encuentra uno con reflexiones sobre el Arte realmente originales, convincentes y geniales, especialmente en el maravilloso capítulo ‘La escuela de Giorgione’.

He aquí unos fragmentos que me han llamado especialmente la atención por mi simpatía hacia el pensamiento del autor:

«Es un error de la crítica popular considerar a la poesía, a la música, a la pintura y a todos los productos del arte únicamente como la traducción en diferentes lenguajes de un conjunto dado de pensamiento imaginativo, complementado por ciertas cualidades técnicas: cualidades del color en la pintura; del sonido en la música; de palabras rítmicas en la poesía. De ese modo el elemento sensitivo y con él casi todo aquello que en el arte es esencialmente artístico, se transforma en objeto de indiferencia; y en la clara comprensión del opuesto principio, que dice que la materia sensible de una u otra de las artes lleva consigo un tipo o cualidad especial de belleza intraducible a las formas de las otras, un orden de impresiones distintas en su especie, está la clave de toda verdadera crítica estética. Como el arte no se dirige al puro sentimiento y menos aún al puro intelecto, pero sí a la «razón imaginativa» a través de los sentidos, hay diferencias de especie en la belleza estética correspondientes a diferencias de especie en los dones de los sentidos. Por consiguiente, cada arte tiene su peculiar e intraducible encanto sensible, su propia manera de llegar a la imaginación, su modo especial de responder a su propio material. Una de las funciones de la crítica estética, pues, consiste en definir estos límites y estimar el grado en el cual una obra de arte dada cumple con su propio material…»

[…]

«Todas las artes aspiran siempre a reunir las condiciones de la música. Porque mientras en todas las otras manifestaciones del arte, no siendo la música, le es dado a nuestra inteligencia distinguir la materia de la forma, es sin embargo esfuerzo constante del arte buscar la anulación de este distingo. El simple material de un poema, por ejemplo: su sujeto, particularmente su situación, sus incidentes -la simple materia de un cuadro, las circunstancias efectivas de un acontecimiento, la topografía real de un paisaje-, serían nada sin la forma, el espíritu, la elaboración; ahora bien, que esta forma, esta manera de elaboración sea un fin en sí, que penetre cada parte de la materia, es lo que todas las artes se esfuerzan por alcanzar y logran en diversos grados».

[…]

«La poesía, en cambio, actúa con palabras dirigidas en principio a la pura inteligencia, y demasiado a menudo trata con un sujeto o una acción definida; así puede desempeñar, ciertas veces, una noble o del todo legítima función, manifestando aspiraciones políticas o morales como sucede frecuentemente en la obra de Víctor Hugo. En ese caso resulta bastante fácil para nuestro entendimiento distinguir la materia de la forma, o aún más que la materia, el sujeto, el elemento, que refiriéndose a la pura inteligencia, ha sido penetrado por el acusador espíritu artístico. Pero los tipos ideales de poesía son aquellos en los que esta distinción se reduce al mínimum; y la poesía lírica, precisamente porque en ella distinguimos menos la materia de la forma, sin deducir nada de dicha materia, es al menos artísticamente la más alta y más completa forma de poesía. Y la verdadera perfección de esta poesía parece depender, en parte, de una cierta supresión o vaguedad del simple sujeto, en forma que su significado nos llega por distintos caminos no claramente discernibles del intelecto, como en algunas de las más imaginativas composiciones de William Blake, muy frecuentemente en los cantos de Shakespeare y en especial en aquel canto de la página de Mariana en Measure for Measure, donde la fuerza vivificante y la poesía de toda la composición parecen transformarse, por un momento, en una verdadera corriente de música».

[…]

«El arte procura siempre independizarse de la pura inteligencia, para transformarse en materia de simple percepción y librarse de las responsabilidades de su propio sujeto, puesto que los ejemplos ideales de poesía y de pintura son aquellos cuyos elementos constitutivos de la composición están tan fuertemente soldados entre sí, que el material o sujeto no puede castigar solamente al intelecto, ni tan sólo a la forma, al ojo y al oído; pero sí la forma y materia en su unión e identidad ofrecen un efecto único a la «razón imaginativa», a esa compleja facultad por la cual cada pensamiento o cada sentimiento nacen en conjunto con su símbolo o equivalente sensible.

La música es la que más completamente realiza este ideal artístico, esta perfecta identificación de la materia y de la forma. En sus mejores momentos el fin no es distinto de los medios, la forma de la materia, el sujeto de la expresión; son inherentes y están completamente saturados uno de otro; a ella, de consiguiente, a la constitución de sus perfectos momentos, debe suponerse que tienden y aspiran constantemente todas las artes. En la música, pues, más que en la poesía, debe buscarse el verdadero tipo o modelo de arte perfecto. Y si bien cada arte tiene su elemento intransmisible, su intraducible orden de impresiones, su modo único de llegar a la «razón imaginativa», en conjunto pueden ser representadas como aspirando de continuo a la ley o principio de la música, o a la condición que tan sólo en la música se realiza completamente; y una de las principales funciones de la crítica estética; tratándose de productos nuevos o antiguos del arte, es estimar el grado en que cada uno de dichos productos se aproxima, en ese sentido, a la ley musical».

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