Un capricho.

Redactado por: Javier Gallego Alonso.

Y lo que fue una tórrida tarde de promesas nunca pronunciadas, se tornó en noche apesadumbrada en la que el viento me azotaba con desprecio; al verter su aliento me susurraba mis errores, y estos me invadían la mente, gangrenando mi espíritu. Gracias al insoportable frío, conseguía ver el vapor de mi respiración desesperada y sentir mi cuerpo entumecido, y pesado mi pecho al arrastrar mi decepción. Sigo sin poder librarme de ella como del frío invernal que no se despega de los huesos, y únicamente con la indescriptible dulzura, con la voluptuosa carnalidad de los labios deseados, consigo parar de tiritar. El capricho por un cuerpo, la voluptuosidad de sus formas, puede mejorar el estado anímico, e incluso la salud del tuyo, al igual que el estado de alerta y el peligro perfeccionan la rapidez y la vista. Un hombre caprichoso asemeja a un girasol -¿qué sentimiento del Hombre no se asemeja a algo existente en la infinitud de la Naturaleza?-; se mueve hacia el objeto deseado mientras está en el firmamento, pero cuando aquel se oculta, ocioso, sin prestar atención a su admirador, éste se aflige, se aletarga y se compadece de sí mismo. Sus lágrimas son sus frutos, y cuando aquellas caen al suelo, el capricho se ha ido, esperando a que un semejante ocupe su lugar.

La vanidad que confiere la confianza en uno mismo es vital para conseguir lo que se desea, pero, ¿no es más apasionado el juego al que debemos someternos para alcanzar el objeto de deseo que el propio objeto? ¿No brilla más nuestra alma y nuestra naturaleza nos distingue del resto cuando obramos por instinto para alcanzar lo que codiciamos?

Para aliviar el sufrimiento de un capricho infructuoso –que siempre dura más de lo que nos gustaría-, el tiempo no es la solución; la verdadera sanadora es la ausencia, tanto física como mental. Porque ¿no es aquello que nos es familiar lo que codiciamos? ¿No es aquel ser al que oímos hablar y reír, al que miramos a los ojos con el mismo furor que a un trofeo que conquistar, al que idealizamos cuando se mueve al compás de muestro resentimiento? No me cabe duda.

La paz se consigue huyendo.  Encarar un capricho sólo produce dolor, pena, angustia; y la más grande de las guerras: aquella en la que tu rival es tu mente, planeando constantes conciliábulos con tu alma.

¿Por qué no conseguimos estar conformes con lo que una vez nos satisfizo? Lo peor de anhelar algo que sea capaz de reducir tu mundo para su exclusiva contemplación, es que una vez lo tocas, comienza la desgraciada tarea de volver a ampliar tu pequeño universo; esto es una verdadera, horrible tragedia. Cuando sucede, te alejas de aquellos cabellos alborotados que un día acariciaste y de aquella fragancia dulcificada que con palabras vacías glorificaban tus pasiones.

No hay que olvidar que al huir se libra otra batalla; pero el calvario será menos duradero, y el sufrimiento menos intenso: te defenderás de tus recuerdos. Se presentarán igual número de veces que los minutos desperdiciados pensando en tu capricho; y aparecerán, cada vez, seduciendo o retorciendo tu mente bajo distinta apariencia: borrosos, difuminados, oscuros, viciosos, lúgubres, tristes, melancólicos, bucólicos, luminosos, duraderos, perecederos, insinuantes, débiles, apacibles, seductores, provocadores…

Cada vez que te deshaces de uno, es como morir un poco y renacer con un estigma, aunque, ¿no son los estigmas los que nos recuerdan las marcas de un pecado que no merecimos cometer por alguien? Sin duda, aunque siempre olvidemos el pecado cometido.

Asegúrate de que tu capricho no te persiga, ya que regresarás a él como un alcohólico a la taberna.  Debo cuidarme del capricho, despojarlo de mi alma por el momento prestada, ya que si consiento que me atrape, sucumbiré, me arrepentiré y perderé. Firmando el trato que me propone sólo puedo salir perdiendo; ese es el carácter del capricho: un momento de incomparable dulzura y después, todo se torna en amargura y patetismo; una falsa dignidad vestida de gala se adueñará de mi corazón. Lo sé perfectamente.

Lo que más me atemoriza es que quiero pagar ese precio desorbitado. Quiero vender todas mis virtudes conseguidas todos los días de mi vida por unos placeres que de otra forma, debido a mi peculiar naturaleza, no podré disfrutar. ¿Por qué queremos beneficiarnos siempre de nuestras debilidades? A veces pienso que disfruto del dolor y la inconstancia, aunque los odio; los odio tanto en mí como en los demás. Quizá sea esa la razón por la que me resultan atrayentes de una forma irracional, instintiva, primitiva, indigna… La indignidad tiene su atractivo siempre y cuando sólo tú conozcas la tuya. Creo que eso es lo que quiero, pero ¿cómo va a decidir nada un hombre que sólo cree saber qué es lo que mueve su temperamento, y no lo quiere saber por miedo? Miedo a la palabra, esclavo de la suya: ese es mi sino. Si predicas alguna estúpida moralidad, da ejemplo; de lo contrario el silencio es la mejor opción: no revela nada y cada letra que no pronuncias evita que pongas un eslabón más en la cadena que te une a tus viles promesas; ladronas y mentirosas igual que yo cuando las invoco.

Me asusta lo que pueda descubrir de mí mismo al obedecer los deseos ocultos en mi espíritu. ¿Soy egoísta al tener miedo; soy egoísta conmigo? Qué paz sentiría sin ambición ni deseos reprimidos que envenenan mi carne y sangre.

Temo que nunca consiga esa paz de la que hablo. Admiro a aquellos hombres que la consiguen, y precisamente por ese respeto que les profeso sé que nunca conseguiré realizar tan loable hazaña. Siempre se admira lo que para uno es inalcanzable; para mí siempre ha sido desolador.

Licencia de Creative Commons
Un capricho by Javier Gallego Alonso is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en https://rostrosinmascara.wordpress.com/2016/09/29/un-capricho/.

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