Los fueguitos creativos y las escuelas llameantes.

Redactado por: Albanie Casswell.

Eduardo Galeano nos dejó en El libro de los abrazos una historia preciosa sobre fueguitos: los fueguitos distintos que todos llevamos dentro, el ardor con el que sonreímos, arrollamos, acariciamos, vivimos; un calor humano y verdadero que enciende todos nuestros motores y nos hace ser únicos y especiales.

Sin embargo, hace años que empezó la caza del fulgor en la que alguien jugó a inventar un camino para nosotros, una senda exacta de la que no deberíamos desviarnos, un atajo en forma de seguridad y comodidad que poco a poco fue menguando nuestro fuego hasta convertirnos en meras llamitas, diminutas y ensombrecidas, cansadas, enfermas, agotadas.

Ahora esta enfermedad desilusionada y apática ha llegado a nuestras niñas y niños en una oleada de asesinatos en serie: al asombro, a la niñez, a la libertad. La televisión, las tablets, los móviles, los juguetes digitales, las ciudades adultas y peligrosas, las escuelas-cárcel de pupitres y enormes libros de texto, la fiebre por creer que debemos adelantar etapas evolutivas, los extraescolares excesivos y la imposibilidad de una compaginación coherente entre la vida familiar y la laboral arrasan con el vínculo, la curiosidad y la originalidad propia de la infancia, vomitando niños y niñas aburridos, sobreestimulados, hiperactivos, impasibles, sumisos y desganados, que luego se convertirán en adolescentes-zombie, a los que el conocimiento, el arte y la sabiduría habrán dejado de interesarles hace mucho tiempo. Culparemos entonces a esos jóvenes marchitos, los cuales sentirán rabia, pena y frustración, muchos de ellos padecerán ansiedad, depresión, falta de fe en lo humano, de brillo, de energía, de fuego.

La curiosidad y la imaginación son conceptos intrínsecos en la persona. Eduardo Galeano lo sabía; los fueguitos están dentro nuestro cuando nacemos y tienen la capacidad de brillar, de ser auténticos, de ser únicos. Todos los niños y niñas del mundo son seres originales, capaces de interesarse por el polvillo de las ventanas a contra luz o las «venitas» de las hojas que caen en otoño. ¿Qué nos hace convertirnos en adultos incapaces de producir ideas, adictos a ser guiados y adoctrinados? ¿Por qué necesitamos en todo momento la aprobación social? ¿Por qué tanta timidez, tanta intolerancia, tantos problemas de comunicación en las relaciones intrapersonales, tanto miedo, tantas fobias, tanta rigidez?

La mayoría de adultos jóvenes que estudiamos en las universidades nos agobiamos cuando no nos dan suficientes pautas para realizar un trabajo o una investigación, estamos acostumbrados a obedecer, a seguir la palabra del maestro con total fidelidad, a memorizar y repetir, a seguir la trayectoria que alguien decidió qué era la adecuada para nosotros, nos cuesta salir de nuestra zona de confort y solemos ser seres obstinados.

La rigidez de pensamiento y la aceptación de las normas impuestas como únicas es exactamente lo contrario a la mente creativa. Actualmente no somos seres creativos, sino que tendemos más a fotocopiarnos, a ser mitades los unos de los otros sin atrevernos a ser completamente un solo elemento. Castigamos la diferencia porque nos han amaestrado para que así lo hagamos. La autoridad y las sociedades autoritarias siempre tendrán miedo a la creatividad puesto que ésta incita al pensamiento, a nuevas fórmulas, a nuevas ideas. No es casualidad que en las dictaduras se persiga a los artistas; el arte expresa la humanidad, expresa novedad, expresa ideales personales, distintos, nuevas ideas, expone conflictos, se rebela, lucha. El arte es el fuego, y la autoridad siempre se preocupará de aplacarlo por miedo a escuchar, ver u olisquear algo que no case con la imposición.

La Creatividad suele vincularse y entenderse en relación al arte, y éste suele verse como algo separado, lejano de la vida cotidiana que la mayoría de las personas llevamos, algo que está ahí, pero de lo que pocos y pocas forman parte. Esa idea está muy lejos de la realidad, puesto que todos y todas, por naturaleza, somos seres profundamente artísticos y el ‘arte’ no puede distinguirse de la vida en sí misma.

Curiosamente se cree que en los primeros niveles de la enseñanza los niños y niñas tienen la posibilidad de trabajar de manera creativa y que eso ocupa la mayoría de su tiempo. Sin embargo, si nos ponemos a analizar las escenas habituales que aparecen en un aula de parvulario, nos daremos cuenta de que en la mayoría las pequeñas y los pequeños están sentados en sus sillitas, abocados en sus mesas, con un pincel o rotulador que la profesora ha repartido, dibujando líneas en una ficha de ‘trazo horizontal’ y ‘trazo vertical’, pegando pegatinas en dónde la docente dicta y pintando imágenes fotocopiadas sin salirse de la raya y a sabiendas que las nubes son azules y el sol amarillo. Todo esto con la docente pidiendo silencio a gritos y repitiéndoles que en cursos superiores deberán sentarse bien, portarse correctamente, no gritar y estar muy atentos a las aportaciones de la maestra sin interrumpirla.

Hacer un avión de papel no es un acto creativo en sí mismo, sino tan sólo un acto manual. En el momento en que la docente reparte papeles iguales a todos los niños y niñas, les relata las normas una a una y la importancia recae en si es o no parecido al modelo, no podemos hablar de creatividad puesto que no por trabajar con materiales plásticos se fomenta nuestro lado creativo, y es preciso terminar con esta idea.

Una situación creativa es esa en la que la docente propone,a partir de la disposición de materiales, que quien quiera puede hacer objetos con papel, los niños y niñas pueden tumbarse por el suelo, restar en las sillas o en sofás, algunos van a buscar papeles de su tamaño y el color favorito y se ponen a intentar hacer figuras con ellos, quizás va bien tener un libro de papiroflexia en algún rincón del aula para que cojan ideas. Algunos que sepan hacer aviones de papel quizás les cuenten a los otros cómo se hacen, otros harán comecocos y como maestra puedes acercarte a algunos de los grupos que se formaran para dar nuevas ideas o estar atenta a los intereses de los alumnos y alumnas para poder enseñarles cómo hacer algunas figuras que quizás puedan gustarles. Se dejará entonces que todos y todas los que han deseado experimentar esa propuesta (habrá quienes hagan otras cosas) pinten su producción de la forma que prefieran, que la decoren, la recorten o jueguen simbólicamente con ella, e importará más el proceso que el resultado (todos los resultados serán bellos y diferentes entre sí, incomparables y sin precedentes).

Pero las situaciones creativas no sólo se dan con material plástico, también pueden aparecer en la resolución de problemas matemáticos, los cuales deberían ser significativos y con más de una posibilidad de resolución. Las preguntas abiertas sin respuesta única, la atención por hacer de lo normal lo especial o por dar importancia a lo que los alumnos y alumnas necesitan (hablar sobre una noticia de actualidad largo rato, quedarse en el patio un poco más porque un niño ha descubierto un nido y todos quieren que les cuentes cómo se hacen los nidos y observar si viene o no algún pájaro…).

Para despertar la creatividad también es importante el diálogo, la reflexión después de cada propuesta o vivencia, la lectura de buenos cuentos con imágenes bellas, lo artístico dentro de los propios movimientos, del propio estilo de vida, de la propia aula. La escucha activa, conversaciones acerca de sentimientos y emociones, de lo imprescindible, lo que más preocupa o lo que es más necesario en los propios alumnos y alumnas.

Mari Carmen Díez Navarro, en su libro Mi escuela sabe a naranja, dice:

“(Nosotros) hablamos del otoño, de los vehículos, del ‘señor cuadrado’ y de cosas por el estilo.

Los niños, en cambio, hablan de sus miedos a crecer ‘porque los viejos se mueren’, de sus dudas sobre si pueden o no casarse con sus padres, hermanos o amigos, de sus ganas de abrirlo todo para averiguar qué hay dentro de un palo de agua, de una pelota, de una barriga, de una mantis religiosa…

Ellos hablan de lo que les hace salir de sí mismos y lanzarse activamente hacia la realidad, externa e interna, para aprehenderla, tomarla… y quedarse con ella.”

Creo que es fundamental tener esta verdad siempre presente, no olvidarnos de ella y de la infancia como algo más que pupitres y mesas, fichas y normas. Sólo dejando margen para la experimentación, hablando de las emociones y fomentando la curiosidad y el asombro podremos tener a adolescentes interesados por lo que les rodea, deseosos de aprender, y a jóvenes capacitados para transformar y crear, alejados del reproducir y capaces de confiar en ellos mismos, en sus posibilidades y en las posibilidades de la vida, capacitados para ser flexibles, para encarar los cambios y para ser ellos mismos todo el tiempo.

Ser una persona creativa significa saber encontrar mil maneras distintas de resolver conflictos o adversidades, saber hacerse preguntas diferentes, dar la vuelta a los acontecimientos, llevar a la práctica eso que nos pasa por la cabeza, diseñar nuevas realidades o encontrar nuevas utilidades. Inventar, inventarse. Estar en constante crecimiento, atreverse a imaginar cosas increíbles.

Todos llevamos la creatividad dentro, y la escuela debería potenciarla, avivarla, y contagiarla, pero para ello necesitamos docentes artísticos, flexibles, espontáneos y vivos, que aboguen por una formación a lo largo de la vida y que puedan y quieran sentarse al suelo con sus alumnos y alumnas por tal de mirarles a los ojos, mancharse de barro, salir con botas de agua e impermeable al patio los días de lluvia, ir a recoger piñas y hojas al bosque, conocer a cada una de sus niñas y niños, dedicar muchas horas a sospesar propuestas, a plantearlas, a conseguir materiales, a renovar, a hacer del espacio un agente de aprendizaje, a reflexionar y a llevar diarios de aula como una herramienta para la docente o el docente en el que pueda ser sincero o sincera consigo misma/o y recapacitar sobre su actuación.

Hagamos de la escuela una educación llameante, para que todos y cada uno de nosotras no deje nunca de avivar el fueguito que lleva dentro.

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