Piezas.

Redactado por: Patricia Fernández Fernández.

El joven despertó flotando sobre la calidez del agua iridiscente, cuando los rayos últimos del sol tardío aún doraban la superficie y lo profundo había absorbido la negrura de las nubes que descendían desde las montañas nubladas. Las corrientes le mecían con suavidad de un lado a otro, envolviendo su cuerpo desnudo, e imágenes fugaces abordaban su mente cada vez que entrecerraba los ojos: chispas de color zafiro surcaban un cielo sin fin ni principio, rostros desconocidos emergían de dentro de arbustos viejos.

***

Suben y bajan las escaleras buscando el rincón que encierra la concentración más pura de sosiego. Donde las nubes de cristal del techo se empapan del aire cálido y vierten sobre el suelo la esencia del placer. Hubo un tiempo en que en las aguas del pantano áureo se reflejaban los rostros blancos de las flores que, atraídas por su dulce aroma, se acercaban a bañar sus raíces secas. Y emergían renacidas, puras, bordando un tapiz dulce que se enredaba entre los pies e invitaba a danzar. Mas allí terminó escondiéndose la mano del destructor; segó las flores y el sosiego, pudriendo todo a su paso e invadiendo, lentamente, el centro del corazón.

***

Se han alimentado de la esencia de la muerte y la putrefacción de la carne pálida. Han absorbido el sabor terroso de los últimos suspiros agónicos y en sus raíces debilitadas acogen ecos de voces enmudecidas. Nacidas con un velo de agua sobre sus rostros y la certeza de su existencia efímera, dan testimonio de una última expresión de belleza sobre la tierra que encierra lo que antes fue vida. Son ellas, y no nosotros, quienes reverencian el largo viaje a través de la luz y que culmina en el abrazo de una madre desconocida.


Redactado por: Javier Gallego Alonso.

Mis sueños: ¿no han sido las más elevadas pasiones vividas meras ilusiones? Se me aparecen como ensoñaciones envueltas en claroscuros. La luz me deja percibir formas, recuerdos trastornados, indefinidos… no puedo reconstruirlos, ¿fueron buenos? Algunos se antojan caprichosos: cuando una silueta aparece ante mí, lo hace con antifaz, y vuelve a la sombra a la que pertenece, donde se convierte en otra cosa. ¿Qué era? Es aquel amor convertido en una emoción consciente con demasiada premura, ¿verdad? O es aquel otro amor teñido de capricho que duró lo mismo que el disfrute de un placer mundano. Mis recuerdos se entremezclan en una masa irreconocible. Echo de menos muchas cosas y me he hartado de otras tantas pero, ¿es dolor, o mera añoranza por un pasado que ya no volverá y sólo sirve para vestir de luto mis pensamientos? Me recuerda a una figura familiar entre la lluvia, a un reflejo en el agua helada o en una copa de plata. Puede que ser feliz sea una ilusión, o mejor dicho, un deseo; y un deseo es una de nuestras pasiones más limitadas, preconcebidas, planeadas. Cuán feliz he sido sin el deseo, y qué vacío me he sentido por su culpa. De cuando en cuando siento los estigmas de lo prohibido en mis manos, en mi pecho… Queman. Encuentro más real este dolor que mis pensamientos; me purifica, me reconforta y me hace vivir; me siento alguien al juzgarme y creo ser dueño de mi cuerpo. Mis recuerdos me hacen sentir débil; un títere que no sabe cuándo llegará el fin, ni reconoce el momento en que empezó a serlo, igual que un arlequín.

Licencia Creative Commons
Piezas por Javier Gallego Alonso y Patricia Fernández Fernández se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

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