Las edades de Lulú.

De porqué Lulú no es un nombre perverso y otras cuestiones sobre sus edades.

9788483835579

Redactado por: Albanie Casswell.

Hablar de Lulú es como hablar de una flor rosa e hinchada que deja entrever sus dulces pétalos a cambio de un espectador-abeja, capaz de ayudar al polen a llenar el interior de fruto, un fruto baboso y transparente que mancha nuestros labios en el primer mordisco. Un espectador que acepta el vicio como algo natural, algo común, algo carente de importancia. Yo misma, por ejemplo, una espectadora poco impresionable, poco sorprendida. Puedo leer las meticulosas descripciones de Almudena sobre orificios y varas como si estuviera describiéndome su nueva casa: dos habitaciones, un baño, una cocina abierta. No albergo nada en su narración, las palabras se juntan de un modo simplista, como lo haría cualquiera, no hay nada distinto en la forma, a pesar del mareo que suponen sus cambios de tempo, escenario y ritmo, bruscos y excesivos, queriendo parecer original pero careciente de algo relevante en el modo en que se cuenta una historia con dejes cursilones y un personaje masculino terriblemente diseñado, falto de toda tridimensionalidad, que se tambalea sobre una cuerda floja, al que tenemos la sensación de no conocer y que no termina nunca de ser agresivo, decepcionando así a un lector que espera de él una violencia mayor, un antojo más ferviente, una obsesión más Humbertiana.

Sin embargo hay algo que me gusta de Lulú: la sumisión fingida, controlada. Lulú no es una pobre niña; es una niña sucia, y eso, precisamente su suciedad, salva la novela, la convierte en algo ético, no punible. Todos sabemos que Pablo es un enfermo, un enfermo a quién le gusta el coño de Lulú rasurado, como si de una niña se tratara, como si cada encuentro fuera la pérdida de la virginidad, como si su única meta fuera mantenerla en la infancia incluso superada la treintena, y sin embargo podemos permitirle, a ese muchacho de veintisiete años, sodomizar a una criatura de quince sin que ello nos parezca repugnante, por una sencilla y maravillosa razón: Lulú habla en primera persona, y ante todo tiene poder de decisión, una mujer que entiende pese a creer no entender, que sabe, que permite y que por encima de todo disfruta de la relación, la apoya, la busca, la alimenta. Nadie ha obligado a Lulú, Almudena no la trae al mundo como a una chiquilla debilucha, impersonal, engañada, sino como a púber excitadísima que es sorprendida masturbándose con la flauta dulce de sus hermanos pequeños, una insaciable muchacha que toma las riendas de su vida, que necesita probarlo todo, sentirlo todo, experimentar toda la carne, todo lo que hay en los genitales, en las paredes elásticas del sexo. Y justamente por la fuerza de Lulú, y su casi ninfomanía perversa en la que accede a vestir una camisola de bebé hecha a medida, nos encontramos ante una novela que, a ratos, empodera a la mujer y, por otro lado, grita a pleno pulmón  a favor de las relaciones libres, raras, cerdas, pero ante todo, consensuadas.

En su locuaz prólogo de la edición de Tusquets del 2004 (con mucha más calidad literaria que el libro en sí), la escritora nos enseña una de las críticas que más recibió el libro en su publicación: Lulú no representa a las mujeres, no nos identificamos con ella. Me gusta entonces el tono en que Grandes responde, contrariada y solemne, como contándonos: querían hacernos ver que la suciedad, la perversión era algo masculino, invisibilizar la sexualidad psicológica, altamente creativa, de la mujer. Lulú es importante en ese sentido, nos hace capaces, como mujeres, de disfrutar del sexo en todas sus facetas, de desearlo, de exprimirlo, de manipularlo, de rayar la amoralidad deshaciéndonos de nuestra posición edulcorada y mojigata.

«Yo no sé qué o quiénes son las mujeres, [refiriéndose a las mujeres que menciona la crítica, alegando que no se reconocen en el personaje de Lulú, puesto que consideran las inclinaciones de ésta, masculinas] pero en la medida en que tengo dos cromosomas X, menstrúo con regularidad y jugué mucho a las casitas de pequeña, creo que tengo algún derecho a decir que yo, al menos, no me reconozco en ese no reconocimiento.» (pp. 22)

Sus palabras son imprescindibles, sin embargo, la novela en ese sentido falla en algunos puntos de forma estrepitosa: Pablo siempre sabiendo cómo actuar en ‘x’ situaciones, incluso cuando, a su vez, nos parece un personaje algo perdido, o Inés confiando mucho más en los saberes de papá que en los de mamá. Por no hablar de la catástrofe decisiva que estalla en su final, un final deplorable que destruye cualquier atisbo de reivindicación femenina: hace falta el hombre salvador para establecer los límites, para curar las heridas que ella no ha sido capaz de ahuyentar. Un final de cuento, convencional y vomitivo, en el que la oveja vuelve al corral, incapaz de gestionar esos deseos que la empoderaban y que sin embargo, se quedan en nada con esa última página de reconciliación conyugal. Un desengaño, una decepción.

A pesar de ello no es mi intención restarle valor al trabajo de Almudena, porque a fragmentos es interesante, incluso necesaria para armar revuelo y porque consigue que algo que debería parecernos horrendo, asqueroso y criminal, nos ponga cachondas, gracias a su perspectiva. Y lo consigue de una forma mucho más clara que Nin en Delta de Venus por ejemplo, aunque no se puede comparar la calidad literaria entre las dos (ni siquiera pueden compararse en ningún aspecto, sólo que Delta de Venus y Las edades de Lulú son escritas por mujeres que describen fantasías poco convencionales, castigadas socialmente incluso), sí podemos decir que Nin no se preocupa en tranquilizarnos, muchos de sus relatos eróticos, escritos por encargo, resultan incómodos para el lector (sexo con menores, escenarios bucólicos, hechos prohibidos, sin argumento ni anestesia, sin ademán de justificación ninguna)puesto que para ella no fue más que un juego, su objetivo no era calentar a sus lectores sino reírse del erotismo pagado a condición de no poetizarlo, menciona en su prólogo la rabia que le produce no poder usar la poesía en sus deberes eróticos, y así atisbamos el rencor que guardan sus letras y que imprime en sus relatos, convirtiéndolos en algo exagerado, imposible de creer o digerir y con el único lector potencial del hombre enfermizo y obsceno que le encarga el trabajo como si se tratara de una prostituta literaria:

« El día que alcanzara la saturación, le diría que casi me había hecho perder el interés por la pasión, a causa de su manía por los gestos desprovistos de emociones, y hasta qué extremo abominaba de él, pues a punto estuvo de hacerme formular voto de castidad al pretender arrebatarme mi único afrodisíaco: la poesía» 

Delta de Venus (Anaïs Nin)

Por otro lado Almudena sí tiene el objetivo de calmarnos, de asegurarnos que no le va ocurrir nada a nuestra consciencia si decidimos masturbarnos con sus letras. Esa es la principal diferencia entre muchos escritores: los que fijan la mirada a sí mismos y escriben desde ellos (su interior, su vida, su rencor o amor, su furia, su importancia, su más preciado bien, su rabia), imposible de contener sus sentimientos al respeto de cualquier tema como es el caso de Nin, escritores de interiores, de dentro para fuera, en contraposición a los que inventan historias destinadas al público, como es el caso de Almudena.

Otra justificación gratuita pero altamente relajante es la duda de Lulú acerca si ésa es una buena manera de educar a su hija, en el pasaje en la que Inés, de cuatro años y medio, descubre a un gay empalmado en la cama de su madre, dicha duda la perdona, la hace cercana, de carne y huesos.

Hay otras cosas interesantes en Las edades de Lulú como lo son algunas fantasías.En un fragmento concreto en el que Lulú habla sobre la historia que inventan ella y Pablo en la que una monja le avisa a él, en condición de padre, de la perversión de su hija, ésta nos confiesa –a los espectadores– que al principio le dio miedo menguar su edad, aunque quince años le parecían demasiado para ese papel, y finalmente nos dice algo parecido a:

«Al principio yo era muy mayor, quince años, los que tenía en realidad. Eso no concordaba muy bien con algunos aspectos de la historia, así que me quité un año, catorce. Me daba miedo seguir bajando hasta que un día pensé, pero qué estupidez, si es todo mentira, y decidí quedarme en los doce años.»(pp.155)

Ese ‘si es todo mentira’es esencial, Almudena, consciente o inconscientemente, trata de decirle al lector: esto es ficción, y ella puede decidir ser quien quiera porque no va a ocurrir en realidad, porque las ficciones, las fantasías, están para ello: sobrepasar límites que nuestro consciente no nos permitiría ni plantearnos en la realidad. Y es aquí cuando nos lanza, casi sin pretenderlo, la gran pregunta: ¿está todo justificado dentro de la fantasía?

Surge de ahí otro tema repetitivo a lo largo de la historia: los límites. ¿Dónde están los límites de la fantasía? ¿del mundo sucio, cerdo, puramente sexual? Lulú los encuentra en su última escapada: hay fantasías que no deben traspasar el espejo de lo real –nos dice–fantasías a las que ni siquiera debemos jugar en un escenario precisamente diseñado para reproducirlo, fantasías que pueden destruirnos. Nos habla aquí de la dificultad de separar mundos, de no dejarse atrapar por el sueño ante la vigilia, de la necesidad de cordura e integridad que supone llevar ese estilo de vida. Quizás lo que le faltó a Lulú fue el conocimiento de sus propios muros, distinguir esos que podía romper de los que no debía franquear. Personalmente, creo que dicho vacilar entorpece la novela y sin embargo nos humaniza, nos dice que por muy guarros que seamos, siempre hay un punto insoportable en el que no debemos entrar, ese atisbo de humanidad nos mantiene sanos, nos distingue de los maníacos y nos permite respirar tranquilos, sin remordimientos, sin temores ni traumas.

Almudena consigue que cada página sea una atracción sexual más o menos variada, que resultará pintoresca, animada y exagerada, lo suficiente como para preguntarnos por qué estamos chorreando por fantasías que hablan de incesto y de locales de gays o transexuales (sin nosotros serlo ni haber fantaseado nunca con ello).

Esa es la gracia, ese es el mérito: una novela mediocre en cuanto a narrativa, en cuanto a estilo y personalidad, pero terriblemente reveladora en su incorrección social.

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Arriba e izquierda: ilustraciones del historietista italiano Milo Manara.
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