La desfachatez del espectador.

«Que se joda el espectador medio

– David Simon

«El público es maravillosamente tolerante. Todo lo perdona menos el genio

– Oscar Wilde

 «Un buen doblaje puede hacer aceptable una mala película; un mal doblaje se puede cargar una buena película

– Joaquín Díaz Muntané

«Hemos mejorado muchísimas veces malas interpretaciones, y seguimos haciéndolo.»

– Gloria Cámara


Redactado por: Javier Gallego Alonso.

Con respecto al arte, el espectador siempre ha sido el peor de los tiranos. Me refiero al pueblo ignorante, a los filisteos: son más ignorantes de lo que fueron emperadores y reyes (y sus consejeros); son menos deferentes con artistas consagrados, además de igualar –o superar– su arrogancia ante nuevos, originales y talentosos artistas.

Entre numerosos ejemplos voy a elegir unos pocos, la mayoría bastante recientes.

Recuerdo cuando se estrenó en España la maravillosa obra de arte de Terrence Malick (uno de los más grandes directores vivos): El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011). Se la calificó de película polémica (no sé que demonios es eso) porque la gente veía un reclamo en Brad Pitt, como las abejas en el polen, y salía decepcionada de las salas de cine. Las distribuidoras decidieron lo siguiente: quien no estuviese contento con la película y abandonase la sala antes de llegar a los veinte minutos de visionado, tendría derecho a ver otra película que se ofreciese en cartelera. Si yo fuese Malick, no permitiría que ninguna de mis obras se distribuyese nunca más en España.

Otra gran falta de respeto que da –y seguirá dando– mucho de qué hablar es el doblaje. El doblaje no es algo necesario para el mercado como muchos dicen; así lo consideraron el todopoderoso cine americano y la industria española (junto con otras), la cual tiene a profesionales de primer orden y se embolsan su dinero por ello. Únicamente se reduce al dinero, la holgazanería, la pereza mental y la costumbre castiza.

Que yo sepa, la gran mayoría de españoles sabe leer, especialmente los que pueden permitirse el lujo de ir al cine. Creo que leer durante una hora y media de vez en cuando nunca ha matado a nadie. A lo que quiero llegar es a que el doblaje es una falta de respeto a los creadores del producto original (sobre todo al director), más aun cuando hablamos de una obra de arte. Es una deformación de la versión original; la interpretación de los actores, los matices en su voz que van en consonancia con el sonido, la atmósfera, la composición, etc. se desvirtúan. En resumen: estás cambiando la obra. Dicho esto, también debo añadir que no nos vendría mal aprender idiomas para no tener que debatir sobre este problema.

También me pongo en la piel de nuevos escritores, cuya obra puede ser algo fresco y renovador, ninguneados por el asqueroso público medio, consumidor de la misma basura manida y repetitiva. Hay grandes escritores –y consagrados– vivos que no vendieron ni venderán lo que merecen; se me viene a la mente el nombre de Fernando Vallejo.

Todo esto que comento se agudiza en este país, dueño de la deformidad y el patetismo cultural de Europa. Hace un año estaba yo disfrutando del Don Giovanni del genio Mozart, y la mitad de la gente –sin exagerar– echó mano del móvil en algún momento, o incluso durante toda la representación. ¿Para que coño vas allí? Una total falta de respeto hacia el genial compositor austríaco y hacia los intérpretes, los cuales, por cierto, estuvieron asombrosos. Lo mismo ocurrió en el Teatro Jovellanos de Gijón durante la conferencia del gran Francis Ford Coppola (probablemente el cineasta más grande que ha existido) de hace unos meses. La gente se preocupaba más por hacer la dichosa foto de turno –como quien pasa por ahí- que de escuchar al colosal artista. Aunque también sé que hubo gente (conozco a algunos) que acudió al teatro por respeto al artista y su obra.

Otra cosa que puede conmigo es la caricaturización de grandes genios, además del total desconocimiento de su obra y su vida. Oscar Wilde murió solo y despreciado; como un paria en un hotelucho de París cuyos dueños le arrancaron sus muelas de oro una vez muerto a fin de cobrar las deudas que había contraído con ellos.

Edgar Allan Poe murió a los cuarenta años (supuestamente con delirium tremens), también sin un duro y olvidado. Cambió la narrativa occidental –y también la crítica– de su tiempo y ya nadie lo recuerda por tales logros; se lo vende como un mero escritor de terror más: puro marketing. Whitman fue el gran precursor del verso libre que tanto gusta usar a poetas mediocres, y que es tan difícil de usar bien. En ocasiones parece que Whitman nunca existió.

Coppola, del que hablé antes, está completamente olvidado narrativa y estéticamente; lo mismo pasa con Tarkovski o Dreyer, por nombrar a otros dos grandes artistas del arte audiovisual.

Pero no pasa nada; leamos más mierda, veamos más basura y escuchemos más melodías para idiotas: Paulo Coelho, E.L. James, Javier Marías, John Green, Federico Moccia, Cristopher Nolan, Aronofsky, Ridley Scott, Peter Jackson, el reggaetón comercial, Beyoncé, Justin Bieber y las Boybands… No importa, si tenemos muchísimo donde elegir.

Por todo esto que he dicho soy un elitista para ciertas cosas (al igual que todos los artistas): la gente sensible ha de dedicarse al arte; la gente práctica, a asuntos prácticos; las personas contemplativas, a nada que aporte utilidad productiva.

Casos como los dichos hay a cientos, y todo por culpa del puto espectador medio. ¡Que le jodan!


Siemiradzki_Christian_Dirce

La Dirce Cristiana; Henryk Siemiradzki (1843 – 1902).

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