Oscar Wilde: el arte es la vida.

Redactado por: Javier Gallego Alonso.

«¿Cuáles son las cosas irreales, sino las pasiones que nos abrasaron en otro tiempo como fuego? ¿Qué son las cosas increíbles sino aquellas en las que creímos fervientemente? ¿Qué son las cosas inverosímiles sino aquellas que hicimos? No, querido amigo; la vida nos engaña con sombras como un manipulador de marionetas. Le pedimos placer. Y ella nos lo da, añadiéndole, a guisa de cortejo, la amargura y el desengaño. Sentimos alguna noble pena que creemos va a prestar a nuestros días la purpúrea solemnidad de la tragedia; pero se aleja de nosotros y la sustituyen cosas menos nobles y nos encontramos en alguna gris y vacía aurora o en una velada silenciosa, contemplando con un asombro insensible, con un triste corazón de piedra, ¡aquella trenza dorada que con tanto frenesí besamos en el pasado!»

– El crítico como artista (Oscar Wilde, 1891)

De todos los artículos que –muy modestamente– me he propuesto escribir, este es, sin duda, el que más complicado se me antoja: por respeto a mí mismo, al arte, y por miedo a no estar a la altura de ese titán llamado Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde, quien quizá sea el artista al que más he admirado en mi vida. Esa admiración se agudiza viendo la cantidad de escritores mediocres –o directamente nulidades intelectuales que se dedican a juntar letras– que se adhieren a la engañifa del sistema, alimentándose de la vergonzosa exigencia del lector.

Wilde nació en Dublín un 16 de octubre de hace 161 años dentro de una familia adinerada de clase media. Su padre fue un gran cirujano, y su madre, una notoria escritora feminista, progresista e implicada en política; gracias –o a pesar– a ella, Wilde se adentró en esas reuniones intelectuales de sobremesa y té que le convertirían en una celebridad durante sus años dorados. Ella fue su mayor influencia. Confiando en que era un genio desde niño, siempre alentó el temperamento artístico de su hijo y probablemente se convirtió en el más grande conversador de su época gracias a su madre. Este hecho siempre se suele pasar por alto cuando se habla de este eminente artista.

Oscar Wilde no es sólo El Retrato de Dorian Gray y unos cuantos aforismos; pensar eso es una falta de respeto hacia su persona. Si nos sumergimos en el resto de su obra: su bellísima colección de cuentos, su maravillosa poesía, sus brillantes obras teatrales, sus magistrales ensayos, etc., podemos apreciar un intelecto y un refinamiento artístico de los que surgen una vez cada mucho tiempo. Muy pocos nombres han estado a su altura dentro de la Historia del Arte; y todavía no se le ha comprendido lo suficiente (como a todos los grandes), ya que su figura se ha vuelto a reafirmar mundialmente tan sólo hace unas décadas. Oscar Wilde pertenece al más selecto grupo de artistas de todos los tiempos: son personas que no se explican sin su obra y viceversa. No podríamos entender una sin la otra. Son genios totales que viven según sus dictados personales, según su visión del mundo. Son personas conscientes de ellas mismas y de la materia terrible pero hermosa con la que está hecho el mundo mediante su intuición; lo saben al confeccionar su obra para posteriormente descubrirlo mediante el puro raciocinio.

Para Wilde la vida era un teatro, por lo que estilaba un comportamiento acorde con esto y no quería simpatizar con la vulgaridad de su sociedad, sino transformarla a su gusto, lo cual consiguió hasta el final de sus días. Incluso cuando se convirtió al catolicismo justo antes de morir, lo hizo por el componente artístico que aquello le suscitaba. Ser bendecido por un sacerdote antes de morir para afrontar una nueva vida, renunciando al pecado (tanto el de su hipócrita sociedad como el suyo) de la anterior. Su peripecia en este mundo fue como cualquiera de las tragedias griegas que tanto adoraba.

Wilde, mediante esa intuición característica de los grandes genios, convirtió su vida en su más grande obra artística, de lo cual fue plenamente consciente sólo en sus últimos años. Es increíble cómo, mediante sus obras, Wilde predijo todos sus movimientos cual Oráculo de Delfos, reflejando su destino y después manejando los hilos para que todo se cumpliese. Todos sus poderosos aforismos le son aplicables a él mismo más que a cualquier otra persona.

«Puse todo mi genio en mi vida y sólo mi talento en mi obra.» Esto lo dijo antes de ingresar en prisión ,y para desgracia mía y de muchos, tenía razón… Recordemos que Wilde siempre acertaba en su obra, incluso cuando mentía; esa fue una de las cruces de su arrolladora vida. Wilde se convirtió en Dorian Gray; en el gigante egoísta; en el Hombre que se presentó ante Dios en su poema «La casa del juicio»… Se convirtió en su obra, o si se quiere, se prefiguró en ella.

Y su vida es su gran obra porque consiguió convertirse en una suerte de Cristo literario. Ambos murieron por los pecados de otros además de por los suyos, todo el mundo los humilló, los ridiculizó y les dio la espalda (excepto maravillosas excepciones). Ahora son inmortales y quienes los juzgaron en su época son polvo.

¿Cómo una mente tan poderosa como la de Wilde se dejó atrapar en un escándalo como el de la familia Douglas? Nunca lo sabremos con certeza. Wilde era alguien orgulloso, valiente e incluso suicida; pudo ser por confianza, vanidad, anarquía… o simplemente porque era esclavo de su palabra y le fue siempre fiel: «Se tú mismo, los demás puestos están ocupados.»

A Wilde lo mataron al enviarle a prisión. Lo asesinaron porque borraron su vida anterior de un plumazo y se convirtió en un marginado. Wilde alimentaba su inmenso genio y temperamento artístico con el trato social, mediante su relación con el mundo y su aprecio a la vida. Si privas a alguien que vivió la vida hasta el fondo y le aíslas de ese mundo que disfrutó de forma tan plena, destrozarás su espíritu. Aun así, a Oscar le quedaron fuerzas para encontrar poesía y belleza en la cárcel, regalándonos las que, a mi juicio, son sus más conmovedoras obras de arte: De Profundis y La Balada de la Cárcel de Reading. Mucha gente dice que no son armoniosas ni perfectas. Desde luego que no lo son. No podían serlo porque Wilde ya tenía su alma quebrantada; informe. Todas las grandes obras de arte son imperfectas, informes, incompletas, viscerales, dionisiacas, anárquicas, rebeldes, indescriptibles… quieren salirse continuamente de los esquemas formales en que están contenidas. Nunca se puede medir su grandeza mediante parámetros predeterminados.

En De Profundis, en su segunda parte, Wilde habla del destino, del arte y la vida con la voz de lo eterno, de lo inmortal; es una obra tan desgarradora y desoladora, que te destruye por dentro. No me tiembla la voz al decir que es una de las más grandes obras de arte jamás creadas. Es curioso y misterioso cómo algunos artistas se identifican con otros hasta el punto de verse ellos mismos reflejados en la obra de quienes admiran, y a su vez, ser una continuación de los ideales y el espíritu de esas personas. A Wilde le ocurrió con el colosal artista John Keats, uno de los más grandes poetas románticos ingleses, quien murió con el corazón roto a los 26 años en Roma.

Wilde dedicó a Keats un artículo y un poema. En el poema, titulado «La Tumba de Keats», Wilde dice lo siguiente en sus tres últimos versos:

Thy name was writ in water—it shall stand: / And tears like mine will keep thy memory green, / As Isabella did her Basil-tree.

Tu nombre fue escrito en el agua; y habrá de perdurar: / lágrimas como las mías conservarán tu memoria verde, / como hiciera Isabella con su albahaca.

En su afectuoso artículo, Wilde se refiere a Keats como «un sacerdote de la belleza (a priest of beauty) inmolado antes de tiempo». Así podríamos definir también a Oscar.

El epitafio de su majestuosa tumba, extraído de La Balada de la Cárcel de Reading, dice así:

And alien tears will fill for him / Pity’s long-broken urn, / For his mourners will be outcast men, / And outcasts always mourn.

Y lágrimas extrañas llenarán para él / esa urna de piedad tanto tiempo destrozada. / Quienes por él están desconsolados serán parias / y los parias jamás hallan consuelo.

Wilde compartió con Keats las lágrimas por el arte, la belleza y la vida. Así mantuvo vivo el recuerdo del poeta, y es así, con esa misma sensibilidad y respeto, como podemos mantener vivo el recuerdo de ese priest of beauty llamado Oscar Wilde. Personalmente desearía que Oscar pudiese ver la profunda admiración que muchos le profesamos y el gran peso que su obra ha ido teniendo con el paso de los años, siendo el segundo escritor en lengua inglesa más traducido a otros idiomas después de Shakespeare. Wilde se regocijaría inmensamente, ya que murió pensando que su obra jamás volvería a ser leída y su nombre se relacionaría con lo corrupto y lo impío. Me gustaría que ese gran hombre con un alma aún más grande comprobase que, por una vez, se equivocaba.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Profundo y reverencial. Perfecto como análisis, bellísimo como homenaje. Enhorabuena, Javier.

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  2. Sweggen dice:

    Te lo agradezco mucho. Tu opinión es muy importante para mí porque este artículo es algo verdaderamente personal.

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