El error de lo irrepetible.

Redactado por: Javier Gallego Alonso.

La oportunidad de disfrutar de esa lozanía y placeres inexpertos ya no está a mi alcance. La belleza de esos lirios recién florecidos que apenas pude admirar, me está prohibida. Esa parte del jardín de la vida en la que el aire es fresco, y el sol siempre brilla sobre el tímido rocío que envuelve las flores continuamente vestidas de gala, está cerrada; su secreto nunca será revelado por mí. Ahora las únicas flores que puedo alcanzar están mustias, comenzando con triste postura a perder sus pétalos. El pasado me atormenta con su atmósfera enrarecida y sus sombras informes. Ahora lo miro con desprecio e imagino, con triste corazón de piedra, esas infinitas posibilidades que podría haber abrazado con fervor y dejé pasar. Pero el pasado no puede pretender ser más que una ilusión; habita por tanto en la esfera de la imaginación, y con ella lo podemos malear, destruir o incluso dejar de juzgar. La excepción, lo único que jamás debería perdonarse, es el hecho de malvender nuestra inocencia por obligación en un momento demasiado temprano para poseer un atisbo de conciencia.

Puedo ver las aguas prístinas de las que se debería haber nutrido el hombre, claras y puras, todavía sin corromper. Junto a ellas están la Inocencia y la Superficialidad, decidiendo quien de ellas terminará con la sequedad de su boca y garganta. Poco se demora la Inocencia en hincarse de rodillas e intentar beber primero y menos aún se demora la Superficialidad en degollarla con un cuchillo escondido bajo  su manto purpúreo. La sangre tiñe el agua y la asesina obtiene su premio. Siempre se retorcerá de rabia sin pensar en lo que ha hecho, ya que la sangre nunca alivia.

Es curioso que de entre todas las complejas y caprichosas fuerzas que rigen la vida, exista una que aparenta ser aterradoramente simple: lo que se obtiene es igual a lo que se da o lo que parece que se da. Lo primero es justo mientras no pensemos que por dar merecemos recompensa. Lo segundo es una de las miles de máscaras grotescas que atesora el hombre. Y es triste que, de todos los mundos que hemos podido acariciar, tengamos este, donde se consiente que la Superficialidad, desde su trono y con su férula, nos ahogue con infinitas manos marcadas de pecado.

Puede –no, estoy seguro– que hayamos dado muy poco. Yo siento que he dado demasiado poco. No me refiero a mis semejantes –quizá sea así también–, sino a mi propia alma. Todavía no soy su justo dueño por ofrecerle moneda de plata en lugar de oro.

No quiero que mi alma, una vez desprendida de mí en un futuro, tenga muy poco que pagar a Caronte y que su viaje sea corto. En esta era en que vivimos es muy duro deshacerse de todas esas máscaras que ocultan nuestro verdadero rostro, pues parece que todo se paga con moneda de plata. Por esto mismo el oro hay que intentar hallarlo, no intercambiarlo. Se debe encontrar cuando aún es virgen, puro y no posea impronta alguna.


William_Blake_Lot_and_His_Daughters_Butlin_381

Lot y sus hijas; William Blake (1757 – 1827).

Licencia Creative Commons
El error de lo irrepetible por Javier Gallego Alonso se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s