La piratería como un derecho actual.

«Estamos entrando en una nueva era en la que quizás el arte sea gratis. Quizás los jóvenes estén en lo cierto y tengan derecho a descargarse música y películas sin pagar por ello. ¿Quién ha dicho que el arte ha de costar dinero? ¿Quién ha dicho que los artistas hayan de ganarlo?»

– Francis Ford Coppola


Redactado por: Javier Gallego Alonso.

Hoy en día la piratería es un derecho, o más bien, una necesidad. Es un acto de desobediencia civil porque el sistema es injusto. ¿Es lícito no aceptar una ley sólo porque el gobierno nos lo pone muy difícil o casi imposible en muchos casos? Desde luego.

Yo diría que es un deber. Si no nos permiten acceder a la cultura pagando un precio razonable o incluso demencial, ya que este país es un erial cultural, veo lógico tomarlo como se pueda. ¿Por qué no puedo acceder a algo que por derecho nos corresponde?

Creo que el término piratería otorga un aura muy fea y dañina al acto de compartir la cultura. Que yo sepa, la piratería siempre ha sido el acto practicado por corsarios y demás navegantes en zonas no controladas por ningún estado (como las aguas internacionales), con ánimo de lucro, y en gran parte de las ocasiones, de sangre. Designar con esta misma palabra al hecho de compartir información es, cuanto menos, exagerado; una falta de respeto si me preguntan. Una excepción sería el uso de una obra de arte para crear obras derivadas: esto supone una falta de respeto al trabajo, a la creatividad, a la imaginación del artista.

Aquí hay un equilibrio muy delicado e imposible de alcanzar actualmente (o nunca), que es el de la satisfacción del artista, productor, distribuidor y consumidor. Soy el primero que defiendo la legitimidad del artista, quizá la clase de persona que más admiro en este mundo y que debe vivir de su obra, siendo una falta de respeto cualquier cosa que no sea eso. ¿Por qué no financiar su actividad artística? Lo veo justo; los políticos usan el dinero público hasta para comprar el pan.

Cualquier gobierno es perjudicial para el artista, como dijo Oscar Wilde en su momento; pero ya que tenemos uno, seamos justos con los artistas y apreciemos el favor que nos hacen. Es evidente –o debería serlo– que en este país absurdo el IVA del 21% en cultura es una locura. Es más, no ganan dinero con ello, tan sólo quieren aborregarnos, que tengamos poco material accesible y que su precio sea desorbitado.

¿Cuándo llegaremos al momento en que la cultura sea barata y de calidad? Porque así ha de ser: barata y en grandes cantidades. Se beneficia de esto el artista, así como los distribuidores y el público. Pero con este panorama alguien perdería dinero, ¿verdad? Desde luego, ya que el estado debería dejar de ganar a costa del arte e invertir más en él. Sería algo para los ciudadanos, sí, pero pagado con nuestros malditos impuestos. Que distribuyan bien el puto dinero, que hay a espuertas aunque nos hagan creer lo contrario. Serían tantas cosas que cambiar… mejor sería reducirlo todo a cenizas y renacer de ellas.

Pero estamos hablando de arte, tan necesario cuando todavía no se ha propagado el fuego purificador; fuego que probablemente nunca se propagará. Volviendo a los artistas, ya he dicho que merecen ganar lo suficiente para no vivir de otra cosa y dedicarse a desarrollar su naturaleza artística. Esto sólo debería aplicárseles a ellos. Quiero decir que cuando mueran, las editoriales o sus familiares no tienen derecho a lucrarse a costa de sus obras. Su arte ha de convertirse inmediatamente en universal y gratuito.

En vida, si alguien quiere sacar beneficio de su trabajo, sus vivencias, etc. debe haber conseguido el beneplácito del artista. Como nada de esto se hará nunca, o al menos creo que yo no lo veré jamás, seguiré aprovechando ese invento monstruoso que es Internet para aproximarme al arte: sin derechos y que debería poder adquirirse de calidad y gratuitamente; y con derechos, ya que lo que piden por ello es un robo.

Soy consciente de que existen plataformas como iTunes o Google Play (dos ejemplos caprichosos) que permiten acercarse en teoría a lo que digo; pero sólo abarcan una infinitésima parte de la nobleza y grandeza con las que sueño, amén de ser empresas privadas que únicamente buscan beneficio puro y duro. Yo hablo de compartir, hablo de grandes bibliotecas, filmotecas, fonotecas, pinacotecas de Alejandría; hablo de disfrutar algo destinado a todos aquellos capaces de experimentar el goce estético del arte.

Tenemos varios problemas mencionados anteriormente: la productora/distribuidora quiere más dinero, el gobierno –por supuesto– quiere más, el artista quiere lo que le corresponde, y el público lo quiere barato. Todo ello comprensible e imposible, irrealizable. El veneno aquí es el gobierno y el productor/distribuidor. ¿Cuántos escritores prometedores acabaron hundidos por editoriales que les prometían el paraíso terrenal? Ha llegado un momento en el que todo es peor que nunca. El dinero siempre estuvo ahí, pero también el riesgo, cosa que ahora no existe. Ahora el dinero ha devorado al riesgo artístico. Yo estoy a favor del artista y el público (no todo ni mucho menos), aunque sea difícil un equilibrio entre ambos. Tanto público como artistas deberían protestar por esto, la verdad; quiero pensar que una pequeña mejora es algo utópico y no quimérico.

 A ver cuánto tarda esa esperanza en desvanecerse.

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