Sobre el fútbol o cómo perder el tiempo.

Redactado por: Javier Gallego Alonso.

En este país de garrulos y gallitos de corral es muy común (en realidad se puede observar cada vez que sales a la calle) que la gente hable sin comprender nada de lo que está diciendo: lo que viene siendo no tener ni puta idea. Todos se fían de lo que les ha dicho su cuñado o su primo –que por supuesto sabe mucho de todo–, o de un titular que han visto por la mañana en el periódico mientras lo ojearon durante unos segundos. Sueltan estas opiniones que ni ellos han pensado en la barra de un bar después de un par de cervezas, y si cuela, ya se sienten realizados. Genial.

Yo soy un caso aparte y no hablo sobre cualquier cosa acerca de la que estoy totalmente desinformado; más que nada para no quedar como un gilipollas, además de evitar discusiones absurdas que no conducen a nada. Se puede deducir, por tanto, que hablo muy poco; pero hoy haré una excepción y escribiré algunas impresiones sobre fútbol.

Creo que se sobrevalora enormemente a los jugadores a nivel físico. Sí, están en buena forma, pero palidecen ante el nivel físico que poseen otros deportistas que practican deportes mucho más impopulares. Se les impone el aura de gladiadores contemporáneos por encima de jugadores increíbles que se dejan la piel en su disciplina, como por ejemplo tenistas, ciclistas o deportistas de muchas modalidades de atletismo.

España, país futbolero por antonomasia, tiene al fútbol como deporte supremo, predilecto y único. No se sigue otra cosa; y si se sigue, es por coincidencia con algún evento importante en el cual participe España, por supuesto: algún partido de baloncesto a nivel internacional, un par de partidos de Grand Slam, y alguna cosilla que se tercie. Es más, la prensa escrita y las televisiones (todas compradas) sólo hablan de fútbol. Cuando veo la cabecera de la sección de deportes de cualquier telediario, se me cae la cara de vergüenza. ¿Por qué no lo llaman «Fútbol y demás» y se dejan de tonterías? Otro detalle es el siguiente: cuando hacen listas sobre el mejor jugador de todos los tiempos, ya suponen que la gente va a pensar en jugadores de fútbol; joder, que al menos se dignen a especificar.

Casi nadie se pregunta por qué demonios nos bombardean día y noche con fútbol y más fútbol. Este deporte es de los más rentables (o el más rentable, da lo mismo) por algo; y manda huevos siendo tan simplón y aburrido. Es un negocio corrupto y mafioso dedicado a entretener a las masas para que no piensen en otra cosa, básicamente. Si vas al bar a emborracharte con los amigotes, o el poco tiempo libre que tu trabajo basura te permite estar en casa lo dedicas a ver un partido, pues no piensas en cómo abusan de nosotros hasta la esclavitud los mercados financieros y su interminable lista de lacayos, sin ir más lejos.

El fútbol también tiene éxito porque cualquier hijo de vecino puede practicarlo: con un balón y cuatro piedras que hagan de postes es suficiente. Es un deporte para pobres. Puede que esto sea lo único bueno que le veo al fútbol. Aunque hay deportes en los que no se gasta demasiada pasta y son muchísimo más interesantes. En verdad, jugar al fútbol entre amigos humildemente para pasar el rato de vez en cuando me parece fenomenal. Los partidos que se televisan, en cambio, no hacen gala de esa humildad a la que me refiero. Increíbles cantidades de dinero gastadas para ver a veintidós millonarios –la mayoría de ellos medio analfabetos– corriendo detrás de una pelota me parece algo patético e insultante; insultante para todos, no sólo para mí.

Vivo cerca de un estadio de fútbol y puedo decir que me aterroriza contemplar las calles llenas de hinchas, ataviados con los colores de su equipo de toda la vida (porque el fútbol lo hay que inculcárselo a los niños desde que tienen uso de razón), caminando como zombies, mirando su entrada comprada gracias al sudor de su frente como si tuviesen un boleto ganador del Euromillón. Los oigo gritar como locos; pareciese que están de fiesta en Nochevieja. Nada que ver, por ejemplo, con la elegancia que destila el tenis, cuyos jugadores sí son los gladiadores de nuestro tiempo.

Una cosa que me enerva profundamente es oír a un currante que no tiene para llegar a fin de mes decir que un equipo –o la afición– está maltratando a tal jugador, que han rebajado su caché o lo tienen tragando polvo en el banquillo. Cómo dices eso, idiota, ¿no ves que tú estás en la miseria, joder? Enfádate por eso y no por cómo se trata a un millonario que tiene la vida resuelta.

No puedo entender que un país se paralice literalmente por un partido de fútbol y, sin embargo, permanezca callado, como si nadie supiese nada o por cobardía, cuando se le impone leyes aberrantes que directamente violan los derechos humanos. Hasta ese nivel –y más– llega el lavado de cerebro.

Para terminar, quiero comentar algo sobre esa estupidez con la que se les llena la boca a los futboleros; ésa que dice «el fútbol crea hermandad, une a la gente». Por lo que yo llevo viendo a lo largo de los años, debo decir que esa afirmación es absurda. Quizá sea cierta si la aplicamos a cuatro colegas que juegan en el campo de su barrio, pero para los seguidores de los equipos que manejan el cotarro la cosa es bien distinta. El fútbol saca lo peor de la gente: su ira reprimida, su mala educación, su egoísmo. No veo que conduzca a algo más noble que discusiones, borracheras aderezadas con insultos y, en algunos casos, peleas muy serias. Me imagino cuánto deben reírse los que gobiernan el mundo desde sus sillones de terciopelo, mientras nosotros, como el atajo de burros que somos, nos damos de hostias por una gilipollez tan grande como es el fútbol… Veo muy pocas virtudes en este deporte como para poder compensar la cantidad de efectos catastróficos que produce.

Según mi experiencia, conociendo tanto a gente forofa como a gente que no soporta este deporte, no puedo decir que la lucidez y la afición desmedida hacia el fútbol se den la mano muy a menudo; aunque me he encontrado con maravillosas excepciones.

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