No entiendo qué es la Universidad.

Redactado por: Javier Gallego Alonso y Patricia Fernández Fernández.

Texto de Javier Gallego Alonso:

Competitividad. Ese sería el término que usaría si me pidiesen definir la Universidad, esa sacralizada institución, en una única palabra.

Creo sinceramente que la Universidad, como institución formativa de las jóvenes mentes con ansias de conocimiento, entendimiento, triunfo y reconocimiento (algo codiciado, aunque malsano y peligroso muchas veces) es una gran mentira. Una cosa es como te lo venden y otra como es realmente. De esto te das cuenta plenamente cuando estudias o trabajas allí (o eso imagino, ya que yo estudio). Cierto es que no todos lo perciben, claro está.

A más de un docente, repitiendo el mismo discurso una y otra vez, le he escuchado decir que lo único que cuenta es el expediente. Nuestras aptitudes se juzgarán únicamente por las  notas que obtengamos, recompensando la excelencia, por supuesto; además de afirmar que la carrera (o el grado) no supone nada sin una media final bastante elevada. Pues muy bien, nos podemos ir marchando en fila a nuestras casas, dejando las aulas libres a tres o cuatro sorbedores incansables de datos que puedan llegar al tan preciado sobresaliente vomitando información (totalmente irrelevante en muchos casos) sobre un papel. Además, esto es injusto. Si alguien consigue una matrícula de honor en una ingeniería o en derecho, con suerte accederá a una gran empresa en la que gane un sueldo astronómico, algún afortunado que curse historia del arte quizá pueda acceder a estudiar las obras de esos artistas de tanto renombre (muchos muy sobrevalorados, por cierto), pero no todos tienen por qué aspirar a eso. Me consta que existe muchísima gente sin expedientes impolutos que trabaja en lo que le gusta y no le va mal económicamente, aunque no viva en la opulencia; pero eso que importa, a mí al menos no. La ambición es algo peligroso y difícil de manejar, se la dejo a quien la quiera.

Ahora está muy en boga la cuestión de la participación. Este tema es de risa. Los profesores están totalmente perdidos al respecto y los alumnos también, además de cohibidos; y lo están debido al sistema de competitividad fomentado por la Universidad y la sociedad en general, que alaba a quien sabe más datos e interpreta las cosas como dictan unos manuales sagrados ideados por Dios sabe quién, pero censura muchas veces a la persona con imaginación o visión propia, recelosa de ofrecerla por «saber menos»  que sus compañeros. De hecho, no percibo un compañerismo, una solidaridad y un noble y sano intercambio de conocimiento entre los alumnos; sólo existen piques ridículos sobre quien sabe más fechas, más acontecimientos, mas fórmulas y más y más datos inútiles. Claro, la cuestión es saber más, eso es todo.  De esta forma no se llega al pensamiento crítico que los profesores quieren que sus alumnos adquieran y sobre el que insisten en demasía, así únicamente se adquiere el pensamiento único que tanto critican (y que está tan extendido en la sociedad desde siempre), convirtiéndose los alumnos en autómatas, en robots que repiten lo mismo de forma artificiosa, desganada. Si el alumno llega con pasión en su alma por la carrera que ha escogido, dicha pasión puede quedar destruida por cómo está montado todo este tinglado.

La erudición por sí sola no sirve de nada. Mucha gente, muchísimo más inteligente que yo a lo largo de la historia ha dicho esto. Cuanto más conocimiento vacío, menor entendimiento. Parándose a pensar por un momento, la comparación entre individuos cualesquiera es totalmente absurda, y no únicamente en la Universidad. Cualquiera puede ver las notas que sacamos, ya que se hacen públicas y se exhiben como en un escaparte para que las mire quien desee. No se estudia por el placer del saber, sino por sacar más nota que un tío al que consideras menos inteligente que tú y no te importa lo más mínimo. Hay que dejar una cosa bien clara: las notas académicas no determinan bajo ninguna circunstancia la inteligencia o el entendimiento de una persona; es más, suele ocurrir –al menos hablando desde mi experiencia– que las personas que no destacan especialmente en lo académico, resultan ser las más inteligentes, imaginativas y sagaces de todas. Aunque no me guste generalizar, a lo largo de mi andadura como estudiante me he encontrado con esto en demasiadas ocasiones.

He de hacer hincapié en la idea totalmente errónea de que la Universidad es la panacea del desarrollo intelectual y personal de una persona. No es así ni por asomo. La finalidad de una carrera hoy en día es, simplemente, conseguir un título, eso es todo. Tampoco aprendes a trabajar, solo adquieres unos conocimientos, unos datos, pero no sabes trabajar; a trabajar se aprende trabajando. Esto es injusto a un nivel social porque hay muchísima gente que no ha podido estudiar una carrera, sea por la razón que sea, y que es muchísimo más inteligente, capaz y culta que gente con un título y un par de másteres.

Un inciso: la materia que se imparte es muy extensa, muy manida, poco arriesgada, muy conservadora y academicista. No voy a comentar lo que creo que se debería exponer en las clases teóricas, ya que me sería imposible determinarlo; pero tengo todo el derecho a quejarme del, a mi juicio, paupérrimo temario elegido para las clases.

Pienso, poniéndome en modo utópico, que sería conveniente ofrecer unos conocimientos no demasiado extensos o inabarcables, pero indispensables, y después dejar al alumno que se especialice en lo que le interese, siendo la carrera lo más flexible posible (unas lo podrían ser más que otras, por supuesto), permitir al alumno que investigue lo que le apasione para no perder ese ánimo que siempre se extingue al finalizar la carrera. Para percatarse de esto sólo hay que fijarse en la cara de los alumnos más ilusionados el primer día de carrera y comparar ese semblante con el que lucen dos o tres años después. Nunca es el mismo, y no únicamente porque la carrera sea dura y requiera esfuerzo, no nos equivoquemos…


Texto de Patricia Fernández Fernández:

Cada vez que finalizo un periodo de exámenes llego a la misma conclusión, vuelvo a reafirmarme en lo que confirmé la última vez (y también encuentro alguna que otra cosa más sobre la que reflexionar): este modelo educativo es completamente ineficaz.

No me detendré esta vez en los llamados estudios primarios y secundarios –que tan profundo y extenso análisis merecen–, sino que me centraré íntegramente en la experiencia Universitaria. Lo cierto es que, aun a riesgo de que mis conclusiones suenen precipitadas, no he necesitado más de cinco meses en el seno de esta noble institución para darme cuenta de una serie de cosas que jamás creí que serían ciertas.

¡Ah, las Universidades, templos de la cultura y el saber, la erudición, la formación intelectual y el desarrollo personal de los individuos…! Resultaría ideal de no tratarse de un simple espejismo. Nada más lejos de la realidad: sus virtudes no son, ni el mejor de los casos, más numerosas que sus constantes contradicciones. Y estoy convencida de que lo peor es que un alto, un altísimo porcentaje de quienes lo vivimos día a día., no son conscientes de ello. Porque bajo ese velo de intensa lucha y reivindicación se encuentra un conformismo que descansa profundamente, e intuyo que, de no prenderse la llama de la conciencia colectiva, tardará mucho tiempo en despertar. Más allá de los problemas económicos, y de acceso y permanencia que las revisten, más allá de la falta de ayudas a quienes somos la pieza clave que permite que este mecanismo siga en funcionamiento, más allá de todo esto (que, sin duda, también ha de ser atajado con responsabilidad), encuentro problemas mucho más importantes, que inciden directamente en cada uno de nosotros, en el que trato que recibimos (y que, aparentemente, se acepta de buen grado) como seres humanos; un trato que, por otra parte, no se diferencia sustancialmente del que en su día recibimos en el colegio e instituto.

Estoy cansada de escuchar el mismo endeble argumento como justificación al hecho de esa necesaria objetividad a la hora de determinar quiénes son o no aptos, quiénes poseen más o menos conocimientos, e incluso, y aquí se desliza la roca más pesada de todas: quién de todos es más inteligente.

Decía que ineficaz; ineficaz, en primer lugar, por plantear algo tan noble como la educación como una mera competición, no contra uno mismo, sino contra decenas, cientos de personas. No estoy dispuesta a aceptar que esto se entienda como lo más lógico y coherente, como el método ideal, cuando esta alienación resulta, desde cualquier ángulo posible y sin ninguna duda, irrisoria. Nunca se me ha dado bien plantar modelos alternativos, y tampoco pretendo hacerlo, simplemente dejar patente mi disconformidad con esta absurda manera de plantear la enseñanza dirigida a personas, consideradas ya en este nivel, adultas. Una enseñanza que, pasando por encima de esa ficticia premisa con la que muchos se llenan la boca, que es la de «formar espíritus críticos», y que, en lugar de orientarse a la formación real de los alumnos, se sustenta en una obsesión cuasi insana por construir máquinas útiles y productivas que almacenen información sin filtros y sean capaces de vomitarla sobre un papel en blanco en un tiempo determinado; una enseñanza que, en lugar de preocuparse por las capacidades, aptitudes y necesidades individuales de cada uno de nosotros, pretende que adquiramos los mismos conocimientos en el mismo periodo de tiempo, y tengamos las mismas preocupaciones, el mismo ritmo de trabajo. En definitiva, una enseñanza empeñada en tratarnos a todos del mismo modo (cuando es más que evidente que no lo somos).

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