Feminismo como el octavo pecado capital.

Circe; Arthur Hacker (1858 – 1919).


«Un hombre que lee, o que piensa o que calcula, pertenece a la especie y no al sexo; en sus mejores momentos, escapa incluso a lo humano.»

– Marguerite Yourcenar


Redactado por: Patricia Fernández Fernández.

Confieso que soy totalmente incapaz de tomarme en serio a quienes creen que el movimiento sociocultural conocido como feminismo no existe. Tampoco puedo tomarme en serio a los hombres y mujeres que afirman vehementemente que, a día de hoy, el feminismo no es algo importante; más bien, una minucia que nos distrae de los problemas más pesados y urgentes. Permítaseme decir que el feminismo es tan importante y su existencia tan obviamente necesaria como la desaparición del maltrato animal, la Iglesia Católica o de todas las monarquías del mundo. ¡Y qué decir ya de los que comentan alegremente que el opuesto del feminismo es el machismo, que debería bastarnos con lo conseguido hasta la fecha, que lo que verdaderamente pretendemos quienes nos hacemos llamar feministas es revertir la situación y, a modo de venganza cargada de resentimiento, instaurar un sistema que respalde la opresión sistematizada hacia el género masculino y privilegie a las mujeres! ¿Acaso se imaginarán torturas dignas de los mayores inquisidores, vejaciones públicas e incluso asesinatos masivos…? Qué intriga.

Comprendo que es muy fácil incurrir en gestos de ignorancia tan terribles como estos cuando no se hace un uso correcto del sentido común ni se ha dedicado un sólo minuto a leer e informarse recurriendo a las fuentes apropiadas. Lo que no entiendo tan bien es la imperiosa necesidad que sienten muchísimas personas de hacer alarde de su estupidez y falta de criterio en temas tan relevantes como es éste. No vengo aquí a aleccionar a nadie, ni al rescate de esas pobres mentes extraviadas que confunden incluso los términos más básicos y, lejos de reconocer su desconocimiento, se regodean en él y se empeñan en restarle importancia y desacreditar sin argumentos algo tan noble como la causa feminista.

Mi propuesta es sencilla: escuchemos atentamente lo que los mayores artistas y genios que este pobre mundo ha tenido el placer de albergar tenían que decirnos. Oscar Wilde, Edgar Allan Poe, Henry David Thoreau, Marguerite Yourcenar, Wolfgang Amadeus Mozart, Hermann Hesse, Francis Ford Coppola, Fernando Vallejo, Leonardo da Vinci, Francisco de Goya, Friedrich Nietzsche… Son sólo un puñado de ejemplos. Estas personas hicieron de este mundo en el que vivimos un lugar mucho mejor, más puro. Reflejaron su luz sobre la tierra e intentaron ayudarnos a todos nosotros de la forma más egoísta y al mismo tiempo altruista que imaginarse pueda: a través del arte. El arte de verdad nos golpea y pone frente a los ojos las vergüenzas del ser humano, sus errores, sus flaquezas. Y todos estos creadores, cada uno a su manera, nos enseñaron claramente cual es la posición que interesa que la mujer ocupe en nuestra sociedad. Y no es otra que la de la sumisión, la obediencia, el silencio.

Seguramente alguien podría estar preguntándose por qué no cito a más mujeres además de Marguerite Yourcenar si de lo que estoy hablando es, precisamente, de feminismo. Y podría hacerlo, claro que sí, puesto que no logro entender que prácticamente nadie conozca a, por ejemplo, Leni Riefenstahl, minusvalorada y relegada injustamente al papel de «la directora de cine que colaboró con el régimen nazi»; o a la genial Mary Shelley, mucho menos reverenciada de lo que debería estarlo. Pero hoy me gustaría reflexionar acerca de esta tendencia actual que pone en el punto de mira del mundo no ya únicamente literario, sino creativo, a mujeres que han trascendido por, entre otros aspectos, haber muerto de manera trágica, llevado una vida especialmente desgraciada y/o padecido algún tipo de enfermedad mental. Me parece aberrante que el morbo que suscitan todas esas anécdotas haya aportado un plus de importancia a sus protagonistas y que haya incluso quienes romanticen todo esto y lo conviertan en algo poco más que deseable. Y así nos encontramos con los nombres de Sylvia Plath, Anne Sexton, Virginia Woolf, Alejandra Pizarnik, Safo de Lesbos, Marina Tsvetáyeva, Alfonsina Estorni, Karin Boye, las hermanas Brontë, Frida Kahlo o Nahui Olin como iconos de lo que acabo de explicar. Que en el inconsciente colectivo pese más lo mencionado que sus logros artísticos (si es que los alcanzaron en algún momento, tema harto discutible) o que se potencie su importancia e impacto únicamente por asuntos de ese calibre es vergonzoso: no sólo porque seguimos reforzando la imagen de vulnerabilidad y fragilidad que ha envuelto desde siempre al género femenino, más ligado a sus «neuras» personales y dilemas emocionales que a otra cosa, sino porque hablamos de tomar sus fatalidades como un recurso que propicie las ventas y así seguir sacando tajada de su imagen década tras década. Que todas esas mujeres se hayan convertido en poco menos que un producto comercial «gracias» a sus desgracias no hace más que evidenciar la falta de criterio y sentido común que contamina este mundo. Y lo peor de todo es que quien lo permite es el público; y no sólo quien lo permite, sino quien lo fomenta incansablemente. Me niego a aceptar que a raíz de todo esto haya grupos de personas cada vez más grandes que, como mencionaba anteriormente, encuentran atractivos y deseables los desórdenes alimenticios, los trastornos emocionales, el suicidio, la infelicidad, las autolesiones, las enfermedades mentales, las adicciones, los comportamientos destructivos y autodestructivos, etc, etc. Y no hablo de personas enfermas, sino de individuos perfectamente sanos (excepto por su gilipollez insalvable), pero terriblemente perjudiciales tanto a nivel individual como colectivo dentro del conjunto de la sociedad.

Y, por otra parte, está ese grupo de mujeres (varias de ellas españolas) que, valiéndose de lo que últimamente y de cara al público resulta más atractivo, se lanzan a la escritura de auténtica bazofia fatalmente disfrazada de literatura que busca parecer muy transgresora y moderna, pero que lo único que consigue es perpetuar los grandes tópicos machistas, los micromachismos (mucho más peligrosos), los roles de género, las generalizaciones absurdas, etc. Me estoy refiriendo a personas como Almudena Grandes, Elvira Lindo, Lucía Etxebarría, Marian Keyes, Rosa Montero, E. L. James o Anna Todd. Señoras, debería caérseles la cara de vergüenza sabiendo que no hacen más que tirar piedras contra nuestro propio tejado; que lo que ustedes escriben impacta directamente y por desgracia en millones de cerebros de ideas sin formar que absorben como esponjas cualquier tipo de información sin ningún tipo de filtro. Y luego nos llevamos las manos a la cabeza ante el panorama general de jóvenes (y no tan jóvenes) totalmente desinformados y rebosantes de ideas equivocadas, presupuestos absurdos y conductas y pensamientos profundamente machistas.

Por todo esto y más, confieso que soy totalmente incapaz de tomarme en serio a quienes creen que el movimiento sociocultural conocido como feminismo no existe. Tampoco puedo tomarme en serio a los hombres y mujeres que afirman vehementemente que, a día de hoy, el feminismo no es algo importante; más bien, una minucia que nos distrae de los problemas más pesados y urgentes. Con casos tan terribles como los expuestos líneas más arriba, ¿¡cómo no va a ser necesario!?

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